Desde hace años es frecuente leer y oír que la sanidad española es una de las mejores del mundo, si no dicen o escriben que es la mejor, con ejemplos pretendidamente convincentes, como el hecho de que sea de asistencia universal, que nuestros médicos sean muy apreciados en otros países (Reino Unido, Portugal, Francia…), que de países tan desarrollados como Alemania o el Reino Unido vengan enfermos a hacerse tratamientos, que nuestro sistema de formación de los médicos sea ejemplar, por la alta selectividad que tiene y otras muchas lindeces. No hay más que escoger un buen profesor apenas conocido por sus alumnos y elevarle al rango de oráculo nacional, mediante unos autodenominados especialistas de la información sanitaria y todo es posible para millones de auditores o teleespectadores.
Siempre me he preguntado por qué los enfermos que veía a diario se quejaban de que durante muchos días tenían dolores, escozores, picores, etc., y de que las lesiones no se quitaban a pesar de la pomada o las pastillas que les habían aconsejado en la farmacia o les recetó el médico de atención primaria quien, justamente, porque no mejoraba le había mandado al especialista.
Como lo primero que me enseñaron para iniciar una consulta médica es que debo comenzar por hacer una buena historia clínica (aparte de las fórmulas de educación para recibir a las personas), ya en los primeros minutos descubría que el trabajo del médico de atención primaria no difería mucho de la del farmacéutico. En menos de diez minutos había visto la lesión, mientras preguntaba desde cuando la tenía y si le molestaba, recetaba una pomada o unas pastillas o las dos cosas y, si se lo preguntaban, decía que se trataba de un eczema o una alergia que en unos días debería curarse y si no que volviera a consultarle.
Una cosa es que la sanidad en todos los países esté empeorando y otra que la nuestra sea la mejor o de las mejores del mundo, porque si las demás empeoran la nuestra también, desde hace más de veinte años. Y es normal que lo haga, porque es un terreno, como la enseñanza, donde los malos gobernantes pueden ahorrar muy fácilmente sin que los ciudadanos se enteren hasta después de, al menos, diez años.
Los milagros no existen, la calidad es proporcional a los recursos que se emplean y si se pretende hacer una consulta médica en menos de diez minutos, sin respetar la más elemental metodología reconocida desde hace más de un siglo, alguien tiene que pagar: el enfermo. Hay muchos ejemplos; pretender gastar lo mismo para el 75% de la población que para el 100%, como se hizo cuando se quiso universalizar la sanidad, alguien tiene que pagar ese 25% más de población: el enfermo; si al mismo presupuesto de asistencia sanitaria se añaden nuevos hospitales, alguien tiene que pagar los gastos de esos nuevos hospitales: el enfermo; si se pretende ser más eficaz privatizando la sanidad alguien tiene que pagar los beneficios de la empresa privada: el enfermo; si el nuevo plan universitario de Bolonia tiene gasto cero, alguien tiene que pagar la formación de las nuevas estructuras: el estudiante para médico; si los llamados hospitales universitarios están dirigidos por pretendidos economistas, alguien tiene que pagar su incapacidad e inexperiencia docente: el estudiante para médico; si las facultades de medicina se masifican (es mejor estudiar que apuntarse al paro), las malas prácticas hospitalarias de los estudiantes se empeoran en ambulatorios de dudosa capacidad docente…
Todo viene de la picaresca ancestral de quien no tiene formación ni experiencia pero, por ocupar un puesto de pretendida responsabilidad, se siente obligado a ser original. La ignorancia es atrevida y una desgracia pero no una deshonra, porque estoy seguro de que ellos mismos creen que si han sido nombrados es porque sus ideas son geniales, cuando la realidad es que quien le nombró es tan ignorante y tan autocrítico como él.
En la sanidad española, un buen día, alguien descubrió que algunos estadounidenses eran muy sabios y tenían un método de enseñanza médica que había que imitar y nació la enseñanza MIR. Todo funcionaba porque había un programa teórico y práctico que se podía desarrollar en los mismos sitios que hasta entonces lo hacían las Escuelas Nacionales de Especialidad, los Servicios de los Hospitales Universitarios. Se tenía a los enfermos, a los profesores, a la infraestructura hospitalaria y no había más que respetar la sistemática impuesta por un examen de entrada que limitara el número necesario de médicos del país y el control anual del cumplimiento del programa, por la Comisión Nacional de Especialidades, que garantizara la calidad docente en los centros considerados de élite.
Todo era perfecto, no se diferenciaba del sistema anterior más que en el examen de entrada pero siempre es estimulante ofrecer innovaciones, aunque sean aparentes, y durante años los servicios hospitalarios se volcaron en la enseñanza MIR, no solo por la vocación y generosidad habitual de cada experto sino también por la posible mejora del prestigio de dicho servicio.
Pero he aquí que algún ideólogo pensó que esos centros de élite no podían ser administrados por expertos sanitarios sino que tenían que seguir las llamadas normas empresariales. Con mucha delicadeza, el jefe de servicio, el jefe de sección, el adjunto y cuantos sabían de medicina y docencia pasaron a ser testaferros que se responsabilizaban de los errores pero no de las decisiones. Claro, esa picaresca tiene una inercia de algunos años pero al final ha terminado, como las antiguas Escuelas Universitarias de Especialidad, con certificados que no explican que, en el mejor de los casos, los expertos responden a las dudas del médico en formación cuando tiene tiempo libre, pero en el peor, como la administración es mercantilista él también lo es, y pide que se reconozca su labor, se discuta su opinión y se cumpla con el principio bíblico de “quien trabaja debe de ser remunerado”. La historia de los profesores honoríficos ni funciona ni funcionará, como no funciona ni funcionará la economía del engaño.
