Archivo de August, 2008

SANIDAD PÚBLICA Y PRIVADA

Sunday, August 31st, 2008
He escrito que la sanidad no debe ser una empresa lucrativa y que su sistema de gestión nada tiene que ver con la economía de mercado (“La sanidad puede pero no debe ser empresa lucrativa”: www.dermocosmos.com), porque su objetivo único es curar o aliviar al enfermo y eso no tiene precio, sin que ello sea incompatible con que los fondos necesarios para dicho objetivo puedan también ser privados. Y digo también, porque, en todos los casos tiene que participar el dinero y el control público, puesto que no es frecuente que alguien aporte su dinero, salvo el Estado, para no obtener beneficios; aunque los hay y, créanme, merecen todo el respeto y agradecimiento de la humanidad, tanto de los que se aprovechan de su generosidad como de los que no la necesitan. Los hay, pero necesitan control, porque el tiempo y la inercia cambian fácilmente su generosidad.
Nadie puede negar la esplendidez de filántropos como Bill Gate, que ha dado más de 30.000 millones de dólares a la Fundación Bill y Melinda Gates, para reducir la pobreza y las enfermedades en el mundo, de Warren Buffett, que el 25 de junio de 2006 se ha unido a dicha Fundación aportando 37.000 millones más, sin imponer proyectos personales que glorifiquen su nombre, pero con la esperanza de que su gesto anime a otros millonarios, lo que, según parece, no es difícil, puesto que hacia 2001 Buffett, Soros y Gates padre, firmaron, junto a 120 multimi­llonarios estadounidenses, una carta para evitar que Bush hijo eliminase el impuesto de sucesión, porque pensaban que perjudicaría a las fami­lias más necesitadas y favorecería a los más ricos.
¡Ojala que se asocien muchos más!, pero conviene no equivocarse, porque las verdaderas generosidades, en comparación con las necesidades, son raras y muchas veces están enmascaradas con beneficios de propaganda, de impuestos, de seguridad económica, etc., lo que no tiene importancia en campos de desarrollo tecnológico, pero sí en la salud o en la enseñanza, porque no se puede confiar en el liberalismo o en el socialismo privado que no prevé los ciclos de recesión. De ahí la necesidad obligada de la participación estatal.
Es sorprendente escuchar o leer a un administrador público de la sanidad que la medicina privada es más barata que la pública, porque no tiene más que dos explicaciones: 1) el que habla o escribe es un ignorante (lo que no es deshonra pero si una desgracia) y en ese caso o aprende rápidamente o, por dignidad, debe dimitir; 2) la medicina privada que se hace es mala y en ese caso el que sufre o muere, sin deber sufrir o morir, es el enfermo.
Es fácil que la medicina pública sea cara teniendo responsables que no saben medicina porque son únicamente políticos nominados, como es igualmente fácil tener una medicina privada barata reduciendo al máximo el personal, las pruebas diagnósticas, las estancias hospitalarias, etc., etc., y, tanto a unos como a otros, nunca se les pide cuentas y si se les pide y son malas no les pasa nada.
Sea sanidad pública o privada la única forma de que sea barata es tratando adecuadamente al enfermo y eso no se logra solamente con edificios nuevos, televisión en las habitaciones, trato amable, etc., que también es necesario, sino siguiendo la metodología reconocida desde hace más de un siglo para hacer diagnósticos y tratamientos correctos. Sin medicina no hay sanidad barata por muchos aficionados a la economía que la dirijan y mucho marketing que se organice.
Mi estancia de 10 años en la Universidad y en el Hospital Cantonal de Ginebra me enseñó que todos los años tenía que rendir cuentas de mis actividades. Y se las leían, porque me respondían con su valoración. Pero no se confundía la responsabilidad médica con la responsabilidad gestora. La primera era la que me daba facilidades para hacer mi trabajo y la segunda la que se leía y valoraba mis resultados. Entre los médicos y gestores no había discusión porque si las facilidades dadas por la dirección médica no daban buenos resultados o la dirección gestora no los controlaba, tanto una como otra también tenían sus premios o castigos, según la valoración obtenida. Nadie estaba libre del elogio o de la crítica, por muchos amigos que tuviera, lo que no quiere decir que, en caso de fracaso, las medidas tomadas fuesen drásticas, pero si había ligeros descensos jerárquicos por dimisiones con dignidad.
Este proceder obligaba a todos, incluidos el Director y el Gerente del Hospital, a colaborar en equipo, con plena disposición desde el vértice a la base de la pirámide, porque todos éramos conscientes de que la unión hace la fuerza. Allí se tenía que tener cuidado con lo que se pedía, porque, sin burocracia, en menos de una semana, lo tenías concedido, pero, claro está, al final del año te controlaban lo que habías hecho con tus peticiones y si no funcionaban hasta tus colegas no estaban contentos, porque ellos contaban contigo para ampliar sus proyectos. Así fue como fui para estar un año y me quedé diez.
Este es el gran secreto de cualquiera actividad pero más de la sanidad, el control de lo que cada uno hace, pero todos y con la misma medida de valoración, empezando por el Consejero o el Ministro, quienes sin duda están muy orgullosos de serlo pero que tienen que merecer que lo estén los ciudadanos.
Madrid, Agosto 2008

LA SANIDAD PUEDE PERO NO DEBE SER EMPRESA

Thursday, August 7th, 2008
La sanidad de un país puede ser lucrativa, como puede existir el hambre o la guerra, pero no debería serlo, porque está destinada a obtener el mayor beneficio de un ser humano. Digo bien un ser humano, en singular, no una sociedad que tiene enfermedades, que pasa hambre, que muere en la guerra, sino personas que sufren individualmente, posiblemente, entre muchas otras que también sufren, pero nunca de la misma forma. Pretender justificar las barbaries individuales por las necesidades sociales solo es explicable en los casos de catástrofes.
Hace más de un año leí la traducción francesa de “The economics of innocent fraud” (Houghton Mittlin Company, 2004) que se podría traducir por “Las mentiras inocentes de la economía” (Gasset, 2004), escrito por John Kennetb Galbraitb, economista estadounidense que fue presidente de la “American Economic Association”, sobradamente conocido en el mundo.
He vuelto a leerlo y creo que el tiempo confirma las inestables bases de nuestra economía de mercado, también llamada de libre comercio o cambio y en su origen simplemente capitalismo. En la inestabilidad del sistema, sin duda, han colaborado y colaboran las inocentes mentiras que poco a poco, según conveniencia, se han añadido, comenzando por robar, sin importancia, una gallina y terminando por robar naciones enteras.
Es importante que una mentira sea inocente porque eso excluye de toda responsabilidad y evita el sentimiento de culpabilidad, especialmente cuando son legales y dichas por una autoridad.
Ante el alto riesgo de bancarrota general que se produjo en la primera década del siglo XX, la I Guerra Mundial, la especulación inmobiliaria de Florida, la explotación de la Bolsa en los años 20, el “krach” de 1929 y los 10 años que siguieron de Gran Crisis, el capitalismo adquirió tan mala reputación que fue considerado de naturaleza autodestructora, motivando nuevas reglamentaciones anti-monopolio, el control de las finanzas e incluso el cambio de nombre
Después de
la II Guerra Mundial, la economía de mercado, quería decir respeto al consumidor, sumisión al cliente, pero, poco a poco, la inercia propia de la empresa ha obligado a estimular la demanda de los productos nuevos, utilizando la publicidad, el llamado “marketing” y cuantos medios sean necesarios para manipular a dicho consumidor, fijando los precios, creando la demanda, volviendo al primitivo capitalismo, con otra denominación y con una nueva mentira inocente. Es difícil aceptar que la sanidad de un país se deje arrastrar por esa inercia, porque terminaríamos inventando enfermedades (“El colesterol”: www.dermocosmos.com) y yogures que remplazan los medicamentos e incluso medicamentos inútiles.
Otra de las buenas mentiras inocentes de la economía es el PIB (Producto Interior Bruto), es decir el conjunto de bienes y servicios, tan importante para el empleo, los salarios, servicios y productos útiles para el bienestar de todos los días, pero no para ser considerado paradigma del triunfo social, porque no hay que olvidar que su distribución viene impuesto por los productores, y estos nunca se acuerdan de la educación, la salud, el arte, la literatura y de la cultura en general, salvo si se llama cultura general a lo que solo da beneficios (hay sectas que cobran por dar conferencias sobre la influencia moral de fuerzas místicas provenientes del centro de la tierra y lo llaman metafísica). Hoy hay “profesores” y “sabios” para todo lo que de beneficios.
Para seguir con alguna más de las muchas mentiras inocentes que hay en la empresa, Galbraitb cita la creencia generalizada de la importancia del inversor, el accionista, cuando en realidad es el equipo de dirección, en particular el director, quienes detentan el máximo poder, lo que me recuerda la creencia generalizada entre los ciudadanos de la importancia de los médicos en la salud, cuando en realidad no tienen ni el más elemental poder de citar a su paciente cuando lo consideren necesario, porque para el equipo director no es su paciente, es el de cualquier médico. En ambos casos, la empresa y algunos sistemas sanitarios, cuando más, hacen asambleas generales o comités técnicos-asistenciales (cualquier nombre es bueno), muy parecidos a los oficios religiosos, donde hay mucha liturgia pero pocos cambios en el proyecto directorio.
Creo que los momentos actuales de crisis mundial me son propicios para criticar la gran mentira de que los expertos pueden anticipar el comportamiento de la economía, aceptando ciclos de bonanza y de dificultades, porque el futuro depende de los dudosos comportamientos políticos, de las empresas a nivel mundial, de la paz o de la guerra, de las nuevas tecnologías, de los movimientos de los capitales, de los consumidores, inversores y de tantos y tantos desconocidos de los que nadie puede hablar con certeza.
Y me pregunto, con tantas y tantas mentiras inocentes que pululan en la economía de mercado, desde hace más de un siglo, ¿cómo se pueden aceptar los mismos parámetros para la llamada economía sanitaria? Aunque solo sea por inexperiencia, la economía sanitaria estaría muy contaminada y sería muy ignorante, lo que no sería una deshonra pero sí una desgracia.
Madrid, Julio 2008