Archivo de September, 2008

EL INICIO DE UNA PROFESIÓN

Wednesday, September 10th, 2008

He escrito que en la Universidad y en el Hospital Cantonal de Ginebra se tenía que tener cuidado con lo que se pedía porque inmediatamente te lo concedían (“Sanidad pública y privada: www.dermocosmos.com), lo que comentado con mis colegas españoles siempre ha sido motivo de envidia o de incredulidad, porque se olvidan de que inmediatamente después de ser aceptada tu demanda, te caía la alta responsabilidad de cumplir obligatoriamente con lo prometido.
Es el único método útil para cumplir con la eficacia y la eficiencia de cualquier actividad, aunque, claro está, solo es aplicable a los que les gusta su trabajo o tienen la ambición de progresar en algo que desean, sea económico, social, familiar, etc. Los que no les gusta su trabajo o se contentan con lo que tienen no son deseables en ninguna actividad, pública o privada, pero tampoco es necesario prescindir de ellos, sino sencillamente cambiarles de responsabilidad, sin ventajas, hasta encontrar la adecuada.
Con el título español de especialista en dermatología fui subvencionado durante un año, por la Organización Mundial de la Salud (OMS), para estudiar las diferentes posibles serologías y cultivos bacterianos de las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS), en el Instituto de Microbiología e Higiene de Ginebra. Cumplido el año, viendo las grandes posibilidades del sistema, decidí intentar mejorar mi especialidad, siendo aceptado en el servicio de dermatología del Hospital Cantonal.
Desde el primer día me incorporé a las consultas ambulatorias y a los enfermos hospitalizados, como uno más, pero al mes me informé de que existía un microscopio electrónico que compartían el servicio de oftalmología y neurología, deduciendo que si lo compartían dos servicios podía incorporarse uno más. Así se lo dije al profesor Laugier, jefe del servicio de dermatología, y su única pregunta fue: “¿qué es lo que necesita usted para aprender la técnica, ir a Zurich?, puedo hacerle una carta de recomendación para donde me diga”. Mi contestación fue: “por ahora nada, porque conozco a gente del Instituto de Medicina y ya veré lo que me dicen”.
El Instituto de Medicina estaba al lado del de Microbiología e Higiene, del que venía, y, a pesar del nombre, en realidad estaba especializado en anatomía patológica, disponiendo de una colección de microscopios electrónicos a pleno rendimiento, con colaboraciones en todo el mundo. Fui recibido, con la mayor naturalidad, por el profesor Ruiller, director del Instituto y rector de la Universidad, después de una simple cita solicitada a la secretaria. Cuando le expliqué que quería aprender las técnicas de microscopía electrónica me encontré con un muro difícil de salvar, porque él no veía más que inconvenientes. Tenía razón, porque podía alterar el ritmo de trabajo de los demás, porque podía crear mal ambiente, porque no me conocía, etc. Me costó convencerle de que yo no le daría nada pero tampoco le perjudicaría en nada y al final me dijo: “hacemos una prueba de un mes y me muestra su trabajo”.
Ese mes lo pasé, después de mi trabajo habitual en el Hospital, mirando, sin molestar, lo que hacían laborantinas, médicos e incluso técnicos que limpiaban y reglaban regularmente los microscopios y cuando cada uno terminaba la labor del día yo ocupaba su puesto y trataba de hacer lo mismo, pero para la piel.
Uno de los momentos más satisfactorios de mi vida ha sido cuando, al presentar al rector de la Universidad de Ginebra lo que había hecho, en el mes de prueba que me había concedido, y después de mirarlos detenidamente, llamó a su secretaria y la dijo: “(no recuerdo el nombre), le presento al doctor Olmos para que, cuando se lo pida, le facilite cuando necesite del Instituto, incluido este despacho”. Entonces no había informática pero su despacho estaba lleno de separatas y archivos bibliográficos preciosos.
Volví al Hospital y dije al profesor Laugier: “podemos empezar a hacer microscopia electrónica para la piel cuando usted quiera”, a lo que volvió a preguntar: “¿qué necesita?” y yo respondí: “un laborantino”, porque pensaba, como buen hispano, que el local y el material necesario, de una forma u otra, lo tendría pero no estaba seguro del personal necesario. Para el profesor Laugier la petición era lógica y simplemente me dijo si conocía a alguno. Claro que conocía. El primer año del Instituto de Microbiología conocí a M. Carraux, laborantino que después de hacer todas las siembras bacteriológicas, al final de la jornada, anotaba en un libro los diagnósticos que hacían los médicos y cuando todos se habían ido, volvía a oler y mirar, una por una, las placas, reteniendo el diagnóstico. De ahí viene mi idea de que un buen laborantino puede valer por dos médicos mediocres.
Tampoco fue fácil convencer a M. Carraux para que se viniera conmigo porque decía no saber nada de células, mitocondrias, retículo endoplásmico, etc., pero yo sabía que eso no importaba, porque aprendía rápido, y al final le convencí, sin que en ningún momento, para mi sorpresa hispana, me hablase de problemas para el traslado desde el Instituto de Microbiología al Hospital Cantonal. Y es que no los había, era normal que, de un mes a otro, un empleado del Estado pudiese cambiar de lugar de trabajo si tenía la plaza libre y lo deseaba, puesto que era el mismo contrato.
En dos meses tenía un local con el material necesario, incluido el ultramicrotomo y la persona ideal para manejarlo. Y en menos de seis, M. Carraux me facilitaba que solamente al final de la tarde revisase con él lo que había hecho o le explicase sus dudas, lo que me permitía seguir con mis obligaciones hospitalarias.
Como la miscroscopía electrónica funcionaba, con el mismo sistema, no tardaron en aparecer los cultivos celulares, y así se convirtió el año que pretendía vivir en Suiza en diez y si no me empeño en regresar a España todavía estoy allí. Estoy hablando de 1970 a 1980.

Madrid, Septiembre 2008