Archivo de October, 2008

DESPUÉS DEL INICIO Y EL FINAL DE UNA PROFESIÓN,

Wednesday, October 29th, 2008
Aunque he escrito el inicio y el final de una profesión (http://www.dermocosmos.com/), como todavía no he muerto, desde los años 80 que renuncie a aplicar lo que había hecho, durante 10 años, en Ginebra, con amplios contactos regulares y duraderos en toda la Europa desarrollada, he tenido que adaptarme a las posibilidades que me ofrecía la mentalidad hispana.
Como jefe de sección de un hospital universitario madrileño, pasaba consulta a los enfermos ambulatorios que me asignaban y al final de la mañana a los hospitalizados, pero, poco a poco, fue reduciéndose el número de camas de hospitalización disponibles y las posibilidades de hacer diagnósticos referenciales para los centros de salud periféricos, hasta el punto de que, quizás por vergüenza, un buen día, la dirección reunió a todos los médicos del servicio, para tratar de justificar la notable reducción de medios que teníamos. Mi sorpresa fue que, después de explicar su punto de vista, el director del hospital abre un turno de preguntas y nadie dice nada, ni siquiera los dos jefes de servicio presentes.
Después he comprendido la capacidad del español medio para callarse y solamente decir su opinión en privado (son siglos de memoria histórica sin ciudadanía), pero yo venía se Suiza y me atreví a preguntar por qué, en ese momento, había enfermos de dermatología hospitalizados en servicios que no les correspondía, añadiendo que si quería cerrar el servicio de dermatología no tenía más que hospitalizar a los enfermos dermatológicos en oftalmología o, para no exagerar, en medicina interna, a lo que el director me respondió que, sin duda, eran errores que se habían cometido y que le diera el número de las camas en las que se habían hospitalizado mal para corregir dichos errores. Como entonces también hacía interconsultas hospitalarias, es decir visitaba a los enfermos hospitalizados en otros servicios pero que tenían algún problema dermatológico, conocía muy bien donde estaba cada una, y en el momento en que le entregaba los números de las camas erróneamente ocupadas pregunté donde se veía a los enfermos de transmisión sexual “… o es que en Madrid no hay prostitución, ni riesgo sexual alguno…”, dije. Tengo que reconocer que el director tuvo reflejos, porque me contestó al estilo suizo: “si me haces un proyecto lo ponemos en marcha inmediatamente”. Esto pasaba al final de la mañana y por la tarde tenía el proyecto sobre su mesa.
No era muy difícil ser tan rápido. Se tenía lo más difícil de conseguir: locales y recursos humanos. En un llamado servicio de serología, fundado por el profesor Gay Prieto, estaban adscritos, además del jefe de servicio, un jefe de sección, dos adjuntos, una enfermera, una auxiliar de enfermera y una secretaria que, si en la vieja época en la que la sífilis era un problema sanitario y social importante, sin duda, tenían mucho trabajo, desde hacía años se limitaban a hacer, como mucho, un test serológico por semana que podía hacer un solo técnico en una hora, lo que quiere decir que todo el personal estaba exageradamente infrautilizado. No había más que hacer un organigrama en el que además de los tests serológicos se incluyera un protocolo para asistencia y tratamiento directo de los enfermos y reciclar a dicho personal.
Así nació el Centro de Enfermedades de Transmisión (CETS) aprobado, en 1983, por la Comisión Permanente de la Junta de Gobierno del Hospital Clínico “San Carlos” de Madrid, de donde salió el primer protocolo clínico y de tratamientos de dicho hospital, las colaboraciones interdisciplinarias, con ginecología, urología, microbiología, epidemiología, etc., los cursos anuales para estudiantes de medicina, médicos, enfermeras y cuantos quisieran reciclarse, un plan de actualización para más de diez mil médicos de atención primaria en 31 provincias de España y una revista científica distribuida en la Península y en toda Sudamérica.
Todo eso se hizo por la adaptación de una buena profesión y la generosidad de unos profesionales a la mediocridad administrativa hispana. A diferencia de los directores y gerentes suizos, los españoles nunca se enteraron de que ese centro médico no les había costado nada y les estaba dando mucho prestigio nacional e internacional. También ha desaparecido.
Al principio colaboraban conmigo una enfermera, dos residentes y varios médicos extranjeros (la mayoría sudamericanos y de oriente medio) pero, poco a poco, todos han ido despareciendo y, que yo recuerde, comencé el siglo pasando consulta solo.
Madrid, Octubre 2008

EL FINAL DE UNA PROFESIÓN

Thursday, October 9th, 2008
Como siempre, sobre el papel, me explicaron que para ser un buen médico hay que tener buenos conocimientos científicos y humanos, para lo que es necesario la asistencia a los enfermos, la investigación, y la enseñanza de lo que se aprende con ambas actividades. La asistencia a los enfermos te da la humanidad necesaria para adaptarte a los que suben a los palacios y a los que bajan a las cabañas; la investigación de cualquier tema o enfermedad te hace crítico de las dificultades que se tiene para encontrar lo desconocido; y la docencia te permite compartir los errores y éxitos, para desahogo personal y ahorro de energías de los seguidores.
En otra ocasión he descrito cómo las intenciones de estar un solo año en Suiza se convirtieron en diez y cómo entiendo que mi profesión de especialista médico se inició allí (“El inicio de una profesión”: www.dermocosmos.com). Suiza, más específicamente el Cantón de Ginebra, me proporcionó realmente (no sobre el papel), durante diez años, la práctica diaria de las tres facetas de mi profesión, con lo que decidí regresar a España para intentar hacerlo realidad, al menos en mi especialidad.
En 1980 todavía guardábamos algo de la clásica atención humana al enfermo y comenzaba la moderna hibridación de atención al usuario, con lo que la asistencia médica era aceptable; la investigación, entendiendo como tal el proyecto de aportar algo hasta entonces desconocido, nunca ha existido en España; y la docencia consistía en explicar lo que todos podían saber, sin posibilidad de crítica comparativa.
Así es como entendí que, puesto que había varios microscopios electrónicos en la Facultad de Medicina y en el Hospital, entonces universitario, Clínico “San Carlos” de Madrid, no tenía más que repetir lo de Ginebra. El profesor Cabré, jefe del servicio de dermatología, me facilitó, alrededor de un mes antes de Semana Santa, una entrevista con un respetable catedrático de ciencias básicas para le medicina, en la que muy amablemente me explico que ponía a mi disposición el microscopio electrónico de su servicio, pero que, como no tenía contrato de mantenimiento, hacía dos años que no trabajaba y sin duda tendría que hacer algo para volver a ponerlo en marcha. Respondí que no estaba bien dejar un microcopio de varios millones sin atención técnica regular, pero que yo podía volver a ponerlo en servicio. Ante la pregunta de si podía disponer de una laboratina/o para hacer los cortes, me respondió que tenía una de las mejores de Europa y que estaría muy satisfecho con ella.
Ya estaba todo resuelto, no tenía más que seleccionar los enfermos apropiados para investigar un tema o enfermedad y complementar los estudios con el miscroscopio óptico y el electrónico, después ya intentaría instalar cultivos celulares. Menos mal que, pensando en las vacaciones de Semana Santa para limpiar y alinear el microscopio electrónico prometido, fui a ver a la laborantina ofrecida, quien me dijo que ella se jubilaba justo en Semana Santa y no sabía si alguien la remplazaría, con lo que volví a ver al respetable catedrático, quien se disculpó de su olvido y de que no tenía previsto la sustitución pero que, en su opinión, eso no tenía importancia, porque yo mismo podía hacer los cortes, añadiendo con desparpajo que además él estaba muy interesado en que le estudiase algunas células de la retina.
Nunca hay que desesperar, dos meses después me fui a ver a otro respetable catedrático del hospital en cuyo servicio tenía un microscopio electrónico. Esta vez funcionaba y tenía laborantina pero, según él, la microscopia electrónica era muy cara y cada foto que se hacía costaba 500 pesetas. No hubo forma de convencerle de que lo caro era tener el microscopio y la laborantina, pero que una vez que se tenía esas dos cosas, era yo mismo quien hacía las fotos, yo mismo quien ponía los carretes y yo mismo quien las revelaba en el papel que yo mismo aportaba, con lo que no era posible que una foto costase 500 pesetas y menos cuando es normal hacer 40 o 50 fotos en una sola tarde. Fue inútil explicarle que lo habitual es que trabajen varios servicios con un solo microscopio, para obtener la mayor rentabilidad posible del aparato.
Así terminó en España la profesión iniciada en Suiza, con el grave inconveniente de que en todos los congresos de la especialidad se presentaban trabajos ultraestructurales dermatológicos sin ningún interés científico, porque quienes habían hecho las fotos no eran los firmantes y por consiguiente no tenían proyecto investigador. Incluso en una reunión internacional de dermatología, celebrada en Sevilla, otro respetable catedrático hispano proyectó mis propias fotografías publicadas en una revista francesa, sin aclarar que no eran suyas.
El patriotismo no es solamente hablar o gritar, es trabajar con dignidad. Quien permite que los méritos sean solamente sobre el papel, es tan indigno como el que los escribe.
Madrid, Octubre 2008