El gasto sanitario

Hace años, alguien me explicó que la creencia general de que el oficio más antiguo del mundo es la prostitución no es muy  precisa, porque la prostitución obliga a negociar el servicio y eso necesita una oferta y una demanda, es decir un mercado donde alguien ofrece las ventajas de su producto y otro alguien considera posible y deseable su adquisición, de lo que se deduce que antes de la prostitución existía el marketing, aunque entonces no predominase el ingles o el estadounidense, ni mucho menos los conceptos morales de ahora.

El primitivo juego de la oferta y la demanda se ha generalizado y centrado tanto en el dinero (he leído a Quevedo) que estamos muy lejos de aquel mercado donde no era necesario una técnica especial de venta, ni una complicada desconfianza de compra, porque, a veces, ni siquiera se necesitaba dinero, podía ser suficiente un favor, y un simple apretón de manos era ley para el comprador y el vendedor.

Está claro que hoy es difícil hablar de cualquier cosa sin mediar el dinero. ¿Se imaginan diez minutos hablando, con una o varias personas, del tiempo que hace?, sería considerado por la mayoría  de los asistentes como una pérdida de tiempo, porque, sin duda, puede ser un buen comienzo para iniciar otro tema de conversación más “interesante” pero no para distraer o hacer un bien no productivo a nadie y mucho menos si después del tema del tiempo se pasa al origen del fuego prehistórico o algo parecido. Todo eso hoy es considerado como una pérdida de tiempo y sin interés, salvo casos excepcionales claro está, como el que se trate de dos meteorólogos o dos pre-historiadores, pero ya hemos reducido la conversación a dos personas; les aseguro que si añadimos más gente la cosa se complica tanto que prácticamente es imposible encontrar una conversación semejante.

Pero también, ¿se imaginan a un médico haciendo historias clínicas “interesantes” donde, sin perjudicar al enfermo, su salario dependa del tiempo empleado, las exploraciones que ha realizado, los exámenes complementarios solicitados  y el tratamiento prescrito? Todo eso hoy no es perder el tiempo y teóricamente es posible.  No hay más que hacer anamnesis bien detalladas, exploraciones cuidadas de cada órgano o sistema funcional, exámenes biológicos y radiológicos completos, tratamientos y prevenciones plurietiológicos, etc., todo ello sin perjudicar al enfermo. Y teóricamente todavía sería más fácil hacerlo si en lugar de ser médico se es administrador sanitario o economista puro, quienes, sin olvidar el objetivo final de curar al enfermo,  emplean complicados conceptos abstractos, para ellos primordiales, como productividad, crecimiento, beneficios, costes, presupuestos, inversiones, financiación, amortización, pérdidas, etc., etc. que, según ellos justifican, los gastos.

Felizmente no conozco médico que haya hecho semejante provecho personal, probablemente por su relación directa con el enfermo, pero me parece que entre los economistas, por los hábitos de utilizar dichos conceptos profesionales sin ver directamente el sufrimiento humano, por muy buena intención que se tenga, es más fácil ver las necesidades del conjunto, entre los que se encuentran ellos, que las del individuo aislado. En todo caso sí he conocido administradores médicos que, con buena intención y en general creyéndose libres de responsabilidad porque así lo había aconsejado una comisión de llamados expertos, han protocolizado comportamientos médicos obligatorios con resultados económicos y sanitarios peores que si no hubieran hecho nada. También he visto, igualmente por ignorancia (la ignorancia es una desgracia pero no una deshonra), campañas de reciclaje para miles de médicos de atención primaria, hechas por especialistas generosos, que han sido menospreciadas, sin razones, por ministerios de sanidad.

No estoy diciendo que alguien tenga mala intención, digo simplemente que cada profesión tiene sus valores morales (no religiosos) y que los parámetros económicos tienen escaso valor cuando de ellos depende la vida de un hombre. Ya sé que los recursos económicos siempre están limitados, pero las prioridades del destino de esos recursos también son muy diferentes, con crisis y sin crisis, según el país, el sistema político, la profesión, la familia e incluso la persona de quien dependen. Es excepcional que una persona o  una familia no anteponga la comida, la vivienda, la salud y la educación a cualquier otro gasto, como que cualquier médico o sanitario piense más en lo que cobrará por la consulta que cómo llegar al diagnóstico y al tratamiento del enfermo, repito, probablemente no por generosidad sino porque tiene delante el problema, mientras que los políticos y administradores en general, repito, probablemente no por maldad sino porque erróneamente creen que su misión no es ver al individuo sino al conjunto de sus administrados, olvidando que su país ha firmado el respeto a los Derechos Humanos Universales, donde el derecho a la salud está entre los primeros del individuo.

Claro que hablar de Derechos Humanos en estos tiempos es como hablar del séptimo cielo pero, que consté, “todo pasa y todo queda…” y suelen quedar los malos recuerdos, por mucho que todos nos empeñemos en haber sido geniales.

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