LA DESIDIA HISPANA

Hace 15 días ha muerto María Wonenburger Planells, gallega de Montrove-Oleiros (La Coruña), conocida matemática en todo el mundo salvo en España, hasta el Congreso Mundial de Matemáticas que se celebró en Santiago de Compostela, donde los asistentes extranjeros se sorprendieron de no verla como invitada por los organizadores dado su reconocido nivel científico mundial y que ya tenía más de 60 años de actividad. No la habían invitado por ignorancia. Como suele ser frecuente, los anfitriones fueron capaces de montar un congreso mundial pero no sabían que a unos pocos kilómetros tenían una preciosa joya de su profesión. Ellos vivían en su mundo. Son los otros los que saben matemáticas y diferencian los curriculums de papel de los personales.

Nacida en 1927, se licenció en 1950, se doctoró y obtuvo, en 1953, una de las primeras becas Fulbright que la permitió terminar, en 1957, otro doctorado en  la universidad de Yale de Estados Unidos de América para regresar a España, al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), volviéndose a marchar, en 1960, a la Queen University de Ontario (Canadá), después de seis años regresa a los Estados Unidos, a la Universidad de Buffalo, para finalizar al año siguiente en la Universidad de Indiana en la que permaneció hasta 1983 que regresa definitivamente a la Coruña para cuidar de su madre enferma.

Este peregrinaje dice muchas cosas. Hasta el regreso, en 1957, al CSIC, no hay nada criticable porque un cerebro como el suyo necesitaba maestros mundiales, pero una vez que volvía a España con dos tesis doctorales, una en la Universidad Complutense, dirigida por Germán Ancochea y Tomás Rodríguez Bachiller, otra en Estados Unidos, dirigida nada menos que por Nathan Jacobson, y la primera mujer que tenía la beca Fulbright no es tan fácil de entender por qué no se quedó definitivamente o al menos mucho más de tres años, hasta que volviese a tener necesidad de enriquecerse con la ciencia de otros matemáticos mundiales. Sencillamente por la misma razón que no la invitaron al Congreso Mundial, porque la crisis de ignorancia en España no es de ahora, es de hace siglos. Nos miramos el ombligo y no sabemos lo que pasa a nuestro alrededor. Es más, cuando recibimos a alguien que puede hacernos sombra, sin maldad, por ignorancia, nos protegemos con cuanto podemos para que no nos molesten. Incluso en matemáticas, el que recibe pretende que el que viene se guarde sus métodos, salvo si los regala, que primero se adapte a los que tenemos, que no suelen ser científicos sino de papel, burocracia y jerarquía, lo que quiere decir que se tiene que poner a la cola del escalafón para que en caso de que sea bueno, obediente y si es posible generoso, haga méritos para después de unos años y pueda avanzar en ese escalafón. (“Los Cajales”. www.dermocosmos.com y www.olmosopina.com Julio 2006).

Uno se pregunta que clase de científicos tenemos  que no conocen a los pocos genios de su propio pueblo. No se habla de un profesional que rutinariamente hace su honesto y meritorio trabajo hasta la jubilación, se trata de la única mujer del profesorado de matemáticas, de entonces, en la Queen University de Ontario, y que Robert Moody la escogió como directora de su tesis, de la que derivó la conocida teoría de álgebras de Kac-Moody. Se trata de alguien ha sido reconocida internacionalmente en las Teorías de Grupos, de álgebras de Lie y que ha tenido como discípulos, además de Moody a Stephen Berman, Bette Warren, Edward George Gibson y Richard Lawrence Marcuson, entre otros. Se puede decir, como disculpa, que a su regreso, cuidando a su madre enferma, abandonó voluntariamente su actividad y cayó en el olvido pero no es cierto porque, cuando fue descubierta, voluntariamente participó en colaboraciones con la Asociación Galega do Profesorado de Educación Matemática (AGAPEMA).

María Wonenburger se fue del CSIC para no volver porque, como ella decía, tenía tendencia a ser feliz  en cualquier parte y no necesitaba pelear contra muros tan sólidos como la ignorancia de un no despreciable número de dirigentes que siempre hemos tenido, reflejo fiel de la persistente mala formación que ellos mismos han recibido. Su madre representó tanto para ella que su paso por la cátedra de Buffalo se debió a la posibilidad de que pudiera visitarla más frecuentemente pero, al final, sin importarle las deficiencias intelectuales, la mediocridad investigadora y el olvido administrativo de su obra,  la obligo a regresar porque no podía ser feliz sabiendo que su madre la necesitaba.

Es lástima que no aprendamos más rápido de los países que viajan, que saben diferenciar lo bueno de lo malo, que no olvidan sus valores, que acogen al buen inmigrante, que respetan el trabajo de los demás, que no usan méritos inmerecidos, en dos palabra que han sido bien educados, porque casos como el de María Wonenburger no son raros en nuestro país.

Paris, julio 2014

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