LA HEPATITIS C

En los quince primeros días de este nuevo año, sin buscar intencionadamente, he leído en los periódicos vulgares que aparecen a diario, títulos y frases tan solemnes como: “100.000 españoles tienen un gen que les puede matar prematuramente”, para promover el diagnóstico, no la curación, de una enfermedad genética; “Descubierta una forma de frenar a las células “comedoras de hueso” en la osteoporosis”, estudio, hecho en ratones, que revela un “mecanismo desconocido” para regular la proliferación de osteoclastos y que podría convertirse en el objetivo de un medicamento que frene la pérdida de hueso (¿en los ratones o en el hombre?); “Una nueva técnica amplía el arsenal contra las superbacterias” al descubrir la bacteria Eleftheria térrea productora de la teixobactina, que tiene acción antibiótica contra Clostridium difficile o Bacillus anthracis (como otros antibióticos) o infecciones en ratones, sin que aparezcan resistencias (como otros antibióticos); “Las personas nacidas antes de 1942 parecen inmunes al “gen de la gordura”, mientras sus efectos se doblan en generaciones posteriores” donde, basado en un estudio puramente estadístico hecho en estadounidenses, parece pretender que el riesgo genético para la obesidad está modulado por la dieta y el ejercicio físico (evidente, pero siempre ha habido obesos con dieta y ejercicios y sin ellos); “El factor suerte del cáncer” pretende que los tejidos celulares que se reproducen rápidamente, como el colon y la piel, tienen más riesgo de hacer mutaciones con riesgo de cáncer (estadísticamente es evidente) sin que los factores genéticos ni ambientales puedan explicarlo (lo que no dicen las matemáticas es que las mutaciones de células basales de la piel son menos malignas, incluso con posible regresión a la normalidad, que los melanocitos y que los cánceres que ahora producen los virus hace años se consideraban de mala suerte); y podría seguir con “Un estudio entre más de 160.000 personas muestra cómo la mezcla entre razas estuvo condicionada por regiones y hechos históricos”; “La prevención del cáncer o de la depresión y la mejora del sistema inmune son algunos de los beneficios relacionados con el ejercicio”, etc., etc., sin entrar en el estilo prudente y campechano de ciertos periodistas: “…que pueden contribuir a provocar enfermedades como el cáncer”, como si el cáncer fuese una sola enfermedad; “En los últimos tiempos, el arsenal contra los microorganismos patógenos se ha estancado y las bacterias han desarrollado resistencias ante los antibióticos existentes”, como si la resistencia a los antibióticos fuese reciente; “… para que muchas bacterias vuelvan a ser peligrosas es el agotamiento de los caladeros en los que los microbiólogos han pescado la mayor parte de los antibacterianos”; etc., etc.. (“Información médica” www.dermocosmos.com. Blog de octubre 2007).

Cuando se van a cansar algunos periodistas, economistas, epidemiólogos y demás profesiones, de utilizar las estadísticas solas, como base científica evidente (“La epidemiología no es ninguna ciencia” www.dermocosmos.com. Blog de diciembre 2010). No digo que las estadísticas no sean necesarias, ni que quienes las utilizan sean deshonestos, digo que por vanidad o por ignorancia pueden deformar, confundir y falsear la realidad (“Cómo mentir con estadísticas”. Darrell Huff. Ed. Crítica. Barcelona 2011), si no se acompañan de otras investigaciones.

Si en cuatro días aleatorios he encontrado tantas ambigüedades médicas generales, ¿cómo quieren que no se angustien los enfermos de hepatitis C, si desde hace alrededor de un año no leen en los periódicos más que títulos y sentencias con dudosas interpretaciones para el tratamiento de su enfermedad? (“Periodismo dudoso de la vacuna del VPH de GlaxoSmithKline” www.dermocosmos.com. Blog de junio 2009): “Llega la ‘penicilina’ de la hepatitis C”, la penicilina cura al 100% de algunas enfermedades bacterianas pero ningún medicamento lo hace con los virus, solamente las vacunas impiden las infecciones virales, pero no son medicamentos (“Las vacunas son mejores que los medicamentos” www.dermocosmos.com. Blog de abril 2012); “Angustioso racionamiento de la ‘cura’ de la hepatitis C”, repito, no hay ningún medicamento que erradique las infecciones virales sistémicas, aunque pueda mejorar e incluso desaparecer la sintomatología, por lo que no se puede decir que curan; “A diferencia del VIH, con el que tiene aspectos epidemiológicos comunes, los tratamientos actuales y, sobre todo, los futuros, pueden llegar a curar la infección.”, ni el VIH ni el VHC se curan con los medicamentos actuales, con los futuros ya veremos, pero yo confiaría más en las vacunas (no terapéuticas, que no existen, sino preventivas).
Lo he dicho muchas veces: las personas que acuden a una consulta médica siempre tienen razón, aunque algunos, a veces, lo consideren un abuso, porque aparentemente no tienen síntomas ni razones para quejarse (“Las listas de espera” www.dermocosmos.com. Blog de julio 2007). Un simple insomnio, una simple diarrea, un catarro, etc., en un mayor, un bebé, un adolescente o una embarazada, hace que la propia persona o sus próximos vean signos preocupantes y puedan entrar en el círculo vicioso de constantemente pensar en la evolución fatal de una infección, un cáncer, una malformación, etc. que les obsesiona durante días y les impide hacer una vida normal, hasta que un experto sanitario explica, con razones, sus sinrazones.

La hepatitis C es una enfermedad producida por un virus que se adquiere por contacto con la sangre de un infectado. Es posible que los más viejos lo adquirieran en aquellas épocas donde las jeringuillas se esterilizaban en un poco de agua hirviendo o nos colocaban en fila, de seis en seis, para vacunarnos con la misma aguja, y los más jóvenes, en la época de los usuarios de drogas intravenosas, es decir la heroína, en el ritual de emplear la misma jeringuilla para todo el grupo.

El virus puede permanecer sin síntomas aparentes durante más de 30 años, como, a veces, ha ocurrido con la hepatitis B, pero también puede evolucionar lentamente a la fibrosis del hígado, después a la cirrosis y por fin al cáncer, con posibilidad de saltar etapas. Como es lógico, considerando que no hay enfermedades sino enfermos, hay muchas posibilidades evolutivas en cada fase de la enfermedad. Muchos se han muerto de otra cosa sin saber que estaban infectados por el virus, porque para saberlo hubieran tenido que hacerse, cuando era posible, un análisis de sangre, pero ahora, los que saben que tienen el virus sin tener síntomas, porque sí se pueden hacer el análisis de sangre para ese fin, no tienen que compararse con los que padecen una fibrosis, una cirrosis o un cáncer hepáticos. Cada etapa y cada enfermo tiene su tratamiento, según el estadio evolutivo y las condiciones individuales, aunque es verdad que el miedo, como todos los sentimientos, ensombrece a la razón y no ayuda para nada saber que en cualquier momento se puede pasar de una fase a otra más avanzada y los interesados desean evitarlo a toda costa con el prometido tratamiento que, por ser muy caro, no quieren administrarles.

Desde el momento que ningún ser humano tiene precio, nunca se debería hablar de dinero en medicina, solamente de eficacia, porque la verdadera gestión sanitaria se reduce a tratar lo mejor posible al enfermo, con el menor gasto (“Gestión sanitaria” www.dermocosmos.com. Blog de julio 2008) . Como los medicamentos ni son buenos ni son malos sino que están indicados o no para cada enfermedad y para cada uno de sus momentos evolutivos, con sus ventajas y sus inconvenientes, lo que hay que saber es cual es el medicamento y el momento adecuado para tener más ventajas que inconvenientes, sin mirar a los gastos: eso es eficacia y eficiencia sanitaria. Y eso es lo que, según parece, está haciendo ahora el llamado Comité de Expertos nombrado por el Ministerio de Sanidad. La gestión sanitaria nada tiene que ver con la economía clásica y los mejores gestores son los sanitarios.

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