LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Los medios de comunicación dedican atención creciente al conocimiento científico, pero desgraciadamente la información que a través de ellos llega al público aparece con frecuencia deformada y es un elocuente ejemplo de lo que Revel ha llamado el conocimiento inútil” (F. Grande Covián. La obra científica de Severo Ochoa. En “Nuestros orígenes: el universo, la vida, el hombre. Homenaje a Severo Ochoa” Ed. Centro de Estudios Ramón Areces. Madrid 1991. pp.21).

Solemne párrafo de un buen investigador que, ya hace más de 20 años (mucho antes de la actual crisis), denunciaba el camino erróneo que estaba teniendo la información. Lejos estábamos del desarrollo de la informática, el libre mercado, la economía financiera, los conflictos de intereses, las editoriales en crisis, las noticias poco o mal contrastadas, la publicidad engañosa, en una palabra, de la adoración al “becerro de oro” actual. Entonces se trataba del conocimiento inútil de Revel, hoy es el desconocimiento útil, si por tal se entiende la corrupción, económica o vanidosa. Es desconocimiento porque a fuerza de no mentir pero tampoco decir la verdad, de jugar con la semántica de las palabras, de construir las frases para falsear el concepto, etc., la costumbre ha conducido al engaño descarado que limita la más elemental ética de relación, conduciendo al  desastre.

Creo que ya he dicho la sorpresa que tuve, en los años 80 del pasado siglo, cuando en menos de un año una empresa española fue comprada por otra inglesa y en unos meses la inglesa fue comprada por una estadounidense, concentrando las vacunas y tratamientos  antivíricos y antibacterianos, con la suculenta ganancia, en una sola compra, de miles de millones de pesetas, y la tranquilidad de no tener que pensar más en nuevas moléculas que beneficiaran a los enfermos ya que había acumulado suficientes para tener el mercado bien abastecido durante años y además podía reducir gastos de personal puesto que estaban triplicados. Era el principio del desastre, estaba naciendo la serpiente; la incubación había comenzado en los años 60 con aquellos engreídos pero limitados economistas de Chicago que, sin ningún razonamiento riguroso, inventaron el libre mercado que se autorregulaba, convencidos de su pueril saber hacer.

Una vez que se legalizó semejante error, ya todo estaba legalizado con la condición de que nadie moleste a lo que llamaron progreso, crecimiento y otras palabras que se resumían en las ganancias pecuniarias. Pocos se molestaron en definir el progreso y las otras palabras (los que lo hicieron, como molestos, fueron despreciados y callados), todos se esforzaron en valorar como gran ciencia a la economía adaptada para ganar mucho dinero. Había nacido el abono necesario y protector de la propaganda mercante (marketing). Ya no era necesario considerar el rigor de la oferta ni el respeto a quien compra, lo importante era vender mucho, a quien fuera y como fuera, para aumentar las ganancias anuales, una simple estadística de los beneficios monetarios, como signo inequívoco del progreso. Lo de bueno, bonito y barato ya no era útil, eran ideas humanas pero anti-consumistas, es decir, perniciosas.

A mediados de los 80, cuando ya se sabía que el SIDA era producido por un virus que atacaba preferentemente a un tipo celular determinado, los linfocitos CD4, escuché insistentemente, por primera vez, la palabra “defensas” para denominar a dichas células diana. Mi sorpresa fue que se pretendió equiparar esas “defensas” con el pronóstico de la enfermedad, declarando que si se tenía 500 CD4/mm3 el pronóstico era bueno y si era inferior a 200 malo, como si no pudiese haber otras células que también defendieran al enfermo y, con cifras bajas de CD4, pudiesen hacer una vida tan normal como los que las tenían altas. El truco era bueno, porque con un simple análisis de sangre, sin necesidad de posibles médicos discrepantes, se pretendía saber si era necesario tratar al enfermo o no. La cosa no funcionó, posiblemente porque se dieron cuenta de que no había suficiente dinero para tratar a todos los que cumpliesen las condiciones  (cada tratamiento costaba 4 millones de pesetas al año).

No importó, si el SIDA era muy serio la alimentación lo era menos porque no era una enfermedad que tenía que costear la seguridad social y además cada uno come lo que quiere y gasta su dinero en lo que quiere, se podía hablar de alimentos medicamentosos que aumentaban las “defensas”. Ahora no  se aplicaba una sola palabra, “defensas”, para el estímulo se añadían discretamente otras dos, “alimentos” y “medicamentos”, como si ambas significasen lo mismo. Todos conocemos el éxito de los yogures y margarinas anticolesterol (F. Amalou. Les pièges de l’anticholestérol. Le Monde, 08-02-2006), lo que se hizo extensivo, si era necesario, a cambiar lo de “medicamentosos” por “complementarios” o “preventivos” o la palabra que mejor conviniera, a niños, mujeres, viejos, embarazadas, etc., para la circulación sanguínea, la memoria, la obesidad, el infarto, el “cáncer”, etc., lo que mejor se adaptase (S. Blanchard. La commercialisation  de compléments alimentaires pour les enfants indigne des pédiatres et des chercheurs. Le Monde, 28-05-05), (S. Blanchard. L’arnaque de compléments alimentaires. Le Monde, 07-03-07). El sistema se basaba en escoger o aplicar adecuadamente las palabras para que las ganancias anuales aumentasen como signo de progreso de la empresa. Está claro que si se empleaba la palabra “prevención” para vender un medicamento no era adecuada porque para eso ya estaban las vacunas (L. Olmos. Las vacunas son mejores que los medicamentos. www.dermocosmos.com blog, 24-04-2012) pero si se inventaba la combinación “vacuna terapéutica”, la cosa podía funcionar, porque sirve para prevenir y tratar (L. Olmos. Las vacunas terapéuticas no existen.  www.dermocosmos.com blog, 28-10-2012).

Hay mucha imaginación en los mercaderes, porque otro truco puede ser cambiar la definición de una enfermedad, un síntoma, una función, etc. Si la psoriasis se define como una proliferación de escamas producida por la epidermis, no hay más tratamientos que los que actúen sobre ese mecanismo, pero si decimos que la psoriasis es una dermatosis crónica inflamatoria no engañamos porque es una enfermedad de la piel que suele ser crónica y hay una pequeña inflamación y nos permite utilizar todos los tratamientos que mejoren la inflamación, aunque no la cure. Así, podría seguir dando ideas, como lo de llamar “investigación” a lo que no es más que una descripción o una simple estadística de insuficientes parámetros, muy pocos datos, etc., es decir no significativa, sin que nadie lo haya contrastado; añadir que ha sido hecho por un “equipo” de “profesores” de una “prestigiosa universidad”, etc., etc., cuando no son más que algunos colegas formados por los mismos maestros, en el mismo campo de conocimiento, de la misma universidad que nunca ha tenido una patente reconocida y está valorada mundialmente entre el puesto 200 y 300.

Termino con lo mejor. Nada tan práctico para los ignorantes como pretender que toda bibliografía más antigua de 8-10 años no vale nada, porque actualmente los conocimientos científicos progresan muy rápidamente y resulta obsoleta. Es fantástico, olvidando lo que ya se ha dicho, todos los días descubrimos algo nuevo. Esta semana mismo se ha “descubierto” que cada uno de nosotros tenemos una nube de bacterias que nos delata (J. Salas. Una nube de bacterias nos delata. El País, 22-09-2015), lo que me recuerda al infectólogo que nos describrió el microbiota (L. Olmos. Microbiota. www.dermocosmos.com blog, 11-02-2015). La bibliografía ni es vieja ni joven, es buena o es mala para lo que está destinada.

Porque soy médico me he limitado a la medicina, pero lo mismo se puede decir de la economía, ciencias sociales, nuevas tecnología, de todo, porque estamos jugando con el límite de la legalidad y la moralidad. Hasta a la Volkswagen la cuesta diferenciarlo (S. Pozzi. ¿Cómo lograba Volkswagen hacer trampas en las pruebas de sus coches? El País, 22-09-2015), pero lo que si es seguro que o nos damos prisa en hacer la diferenciación o el cataclismo es inevitable.

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