DE SENTIMIENTOS Y RAZONES

Supongo que son normales las diferencias ideológicas que cada uno tiene con los demás sobre un mismo tema y nos creemos obligados a mantenerlas como parte integrante de nuestra personalidad. También supongo que algunos pasan el ciclo de su vida sin darse cuenta que, en determinadas circunstancias, han cedido a la intransigencia de no contradecirse (pongamos el 50%), mientras que otros, por orgullo, han sido incapaces de hacerlo (pongamos el 25%) y, en fin, otros, desde siempre, saben que la evolución es a saltos, continua y cambiante, lo que obliga a ceder, de vez en cuando, el sentimiento en favor del razonamiento y viceversa (pongamos otro 25%, por aquello de las leyes de Mendel). Ni siquiera con las llamadas ciencias puras (matemáticas) se evitan las contradicciones.

Esta introducción es para decir que, sea el tema que sea, medicina, periodismo, economía, el que sea, es normal e incluso beneficioso que pasemos alguna vez por fases eufóricas y depresivas, con la condición de que el sentimiento siempre sirva de estímulo y el razonamiento de realidad para ese momento. España, quizás por su educación (los emigrantes han demostrado que no es genético), es más sentimental que razonable (“me quedo con el pecado de hacer lo que siento y no lo que pienso” según la chirigota que escuché ayer en el concurso gaditano) y no es difícil escuchar o leer, por ejemplo: “nuestra sanidad, nuestra cocina, nuestra historia, etc. es de las mejores del mundo, sino la mejor”. Está bien que nos estimulemos tan fácilmente  pero, si no nos preguntamos por qué, corremos el riesgo de caer en la autosatisfacción que impide la evaluación comparativa con una referencia escogida, olvidando que el placer siempre es limitado y momentáneo, mientras que el esfuerzo es progresivo y duradero. No voy a prejuzgar el grupo al que pertenecían los protagonistas de algunas de las anécdotas que he vivido, pero estoy seguro que no eran de los que saben cuando hay que ceder. En un congreso anual de la Sociedad Francesa de Dermatología un joven dermatólogo español presentó, sin duda inducido por su jefe, un caso clínico con una lesión en cuero cabelludo, entonces llamada nevus de Jadassohn, y una dextrocardia (corazón en el lado derecho). Ambas características no tenían más particularidad que la relativa rareza de la presentación juntas, pero la dificultad del orador para hablar francés quiso ser compensada con un importante exceso de diapositivas (la mayoría del corazón normal), lo que primero motivaron unos murmullos y después unos pocos silbidos de los oyentes. Mi sorpresa fue que en el descanso me encontré reunidos los 8-10 españoles que habían escuchado la intervención y estaban unánimemente ofendidos por la mala educación de los que silbaron. Tenían razón, es de mala educación silbar al ponente por muy mal que lo hiciera, pero no tenían razón de que nadie dijera que la presentación era mala y sin interés, al menos, para que en el futuro no se cometiera el mismo error. El sentimiento de nacionalismo se impuso al razonamiento de mejorar la profesión.

En el congreso mundial del SIDA que se celebró en París, la jefa del entonces dispensario para el tratamiento de las Enfermedades de Transmisión Sexual y SIDA del Ayuntamiento de una importante ciudad hispana, presentó un póster, del tamaño de un folio, pegado en la pared con papel scotch, mal escrito a mano con un rotulador negro y mostrando un grafico incomprensible. Ya era un gran desastre ver aquello, pero lo peor vino cuando quiso defender su obra e insistió en hablar francés a pesar de que el presidente de mesa (un libanés poliglota de cinco idiomas) la propuso hablar español y se negó. El francés macarrónico de la española me obligo a poner los auriculares para ver lo que estaban traduciendo y comprobé que las risas de dos asistentes sentados detrás de mí estaban justificadas. Al terminar la sesión, la representante madrileña quiso explicarme, muy enfadada, que el congreso estaba muy mal organizado porque un idioma tan importante y extendido como el español tenía que ser obligatoriamente aceptado en todos los congresos mundiales. Pueden comprender que me desahogue adecuadamente, porque no se trataba de la organización del congreso sino de la suya. Yo sabía bien que el dispensario que dirigía tenía pocos meses de actividad, que los medios de que disponía eran muy  limitados (el microscopio era monocular) y que su formación en las Enfermedades de Transmisión Sexual se reducía a un mes de asistencia a un centro bien especializado en el tema. No se trataba del sentimiento nacional, sino del razonamiento lógico de que para enseñar algo a los mejores del mundo hay que tener medios, profesión y experiencia.

A estas dos anécdotas, que mezclan las limitaciones científicas con las lingüísticas, quiero contraponer otra en la que ciencia y lingüística no tienen límites, pero tiene contradicciones de sentimiento y razón. Antes de Navidades, la Fundación Areces organizó un curso internacional de biología, durante dos días, con ponencias cada hora, salvo los descansos. El primer día, a las 9 de la mañana, habló uno de nuestros conocidos científicos que ha vivido prácticamente hasta la jubilación en Estados Unidos de América, comenzando por una breve introducción en español para bruscamente pasar a hablar americano. Soy consciente de que en congresos mundiales, donde el multilingüísmo es habitual en oyentes y conferenciantes, el idioma básico aceptado es el inglés, porque las lenguas no están para diferenciarse sino para entenderse, pero me sorprendió el rápido cambio de idioma de nuestro biólogo dado que a esa hora no había en la sala ningún extranjero, se disponía de traducción en los dos sentidos y la ponencia no duró más de 45 minutos. La palabra internacional se refería a los ponentes no a los asistentes y como es bien sabido que las versiones originales son mejores que las traducciones, el prejuicio o sentimiento científico de un español nos privó de la razonable mejor comprensión de su conferencia (dicho aparte, el ponente ha hecho mejores cosas que las que explicó).

L. Olmos

Madrid, Febrero 2016

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