Editoriales

 EDITORIAL Noviembre de 2006

Pr. Dr. Luis Olmos

Departamento de Dermatología de la Universidad Complutense de Madrid

 

Dermatología y Atención Primaria

 

Entre las numerosas consecuencias del desarrollo rápido, la amplitud de conocimientos y el perfeccionamiento de las técnicas, merece destacarse el desmembramiento de la llamada Medicina General a favor de las Especialidades, cada vez más precisas, mientras que las actividades del práctico, del investigador y del docente tienden a disociarse, lo que lleva consigo el riesgo de que cada especialista se crea capaz de pasarse de toda reflexión sobre la base fundamental de la medicina, que es la de responder a las necesidades y angustias del hombre enfermo o que se cree enfermo.

Si es legítimo que algunos médicos o algunas instituciones médicas se especialicen en campos estrechos de la patología, de la misma forma que algunos investigadores consagran su vida a un reducido sector de la medicina, también es legítimo recordar que el enfermo no está especializado y necesita, en el momento preciso, la unidad de los expertos, para lograr la finalidad de la medicina, sean generalistas,  especialistas o quienes sean útiles

Pero, claro está, esta amplia base de implantación cultural y científica obliga a unas mínimas condiciones de respeto:

Cada médico debe ser consciente de que su análisis aborda el estudio bajo tal o cual aspecto pero no puede pretender agotarle ni reducirle. Por eso el especialista debe tener, además de la especialización necesaria, una cultura médica general que le permita ver más allá de su horizonte personal. A la tentación de encerrarse debe oponerse una apertura, único medio de evitar el cientismo absurdo y preservar la posibilidad de uniones y discusiones entre disciplinas vecinas o distantes.

La Dermatología es un buen ejemplo de la utilidad del trabajo en equipo. ¿Quién establece los límites de la ginecología, infectología, microbiología y dermatología, en una vulvo-vaginitis?, ¿quién, de la hematología, la medicina interna y la dermatología en una micosis fungoide?, ¿de la alergología y la dermatología, en un eczema de contacto o una urticaria?, ¿de la psiquiatría, la psicología y la dermatología en un psoriasis, vitíligo o alopecia areata?

Creo que se podría decir igual de todas las especialidades, pero es mucho más destacado en la Medicina General, Atención Primaria, Medicina de Familia o como se quiera llamar, en relación con la Dermatología, donde la piel es el primer órgano en el que, sin técnicas, se puede hacer una buena exploración y ver anomalías con facilidad. ¿Quién puede negar la capacidad de un generalista para diagnosticar un acné, un vitíligo, una urticaria, una seborrea, etc., etc.?

El Dr. Borbujo se esfuerza en explicar que “el dermatólogo y el médico de Atención Primaria atienden al mismo paciente y en muchas ocasiones la misma patología que les aqueja” (Actas Dermosifiliogr. 2007; 98:159-163), lo que obliga a una continua comunicación y confianza entre ambos, basadas en equipos de trabajo para que, bajo la necesidad de unos protocolos consensuados, el paciente sea tratado igual por el dermatólogo que por el generalista, sin restricciones, ni listas de espera.   

Es de elogiar las buenas intenciones del Dr. Borbujo porque no son, ni más ni menos, que la medicina que de siempre, antes, ahora y después, debe de aplicarse para responder a las necesidades y angustias del hombre enfermo o que se cree enfermo. No es ninguna utopía, es una obligación, sin ninguna relación con el número de pacientes, los recursos materiales, las “guías” de tratamiento, las “agendas”, “objetivos” y demás nomenclaturas inventadas por administradores que no saben valorar lo que es estar enfermo, hasta que ellos o alguno de sus próximos lo están.

No es ninguna utopía porque, en los años 90, la propia Dermatología, desarrolló el Programa Nacional de Actualización de las Enfermedades de Transmisión Sexual para Médicos de Atención Primaria con esas premisas, tan simples como la protocolización de las patologías y la formación homologada. El desprecio a los prejuicios hizo que el entendimiento entre todas las especialidades, incluidos los médicos de Atención Primaria, fuese perfecto. Éramos dermatólogos, ginecólogos, urólogos, microbiólogos, epidemiólogos, etc., provenientes de la Universidad, de la Seguridad Social, de la Medicina Privada, de Atención Primaria, etc., con la condición de que cada uno sirviera de apoyo a los demás, según sus posibilidades, de tal forma que quien no podía hacer una técnica o tuviese dificultades para llegar a un diagnóstico, tenía la facilidad de acudir a quien tuviese los medios o la sabiduría, sin que nadie se sintiera disminuido ni aumentado por ello.  

Uno de los mayores problemas que, desde hace siglos, tiene España, es el espíritu destructor, en ocasiones por vanidad pero en general por ignorancia, que hace que constantemente, como Penélope, se tenga que volver a empezar la obra, muchas veces, como le ocurre al Dr. Borbujo, por juventud, creyendo que es original. Los que formamos parte de aquellas colaboraciones interdisciplinarias, todavía recordamos los primeros envites de nuestros propios compañeros, en la Academia de Dermatología, que consideraban que queríamos independizarnos (dermatólogo de Valencia), que vendíamos nuestra especialidad a otras especialidades (dermatólogo de Bilbao), que buscábamos ganancias pecuniarias (dermatólogo de Pontevedra), que queríamos hacer una nueva especialidad (dermatólogo de Madrid), etc. No hay más que volver a leer las Actas de las Asambleas Generales o recordar la Reunión de ETS para MIR que hizo la Academia de Dermatología en Granada, concurrente de la que hacia anualmente nuestro Grupo y que ese año tuvo lugar en El Escorial.

De la vanidad o ignorancia de nuestros administradores ya no hablemos, nunca se enteraron de que tenían un sistema sin listas de espera, multidisciplinario, integral, formador, informador, barato, sin ningún coste administrativo, simplemente por consenso y homologación de los métodos de trabajo de los profesionales de 31 provincias españolas, con lo que  el esfuerzo de Sísifo fue malgastado para que, después de años, se repita el ciclo, pretendiendo instaurar las ideas que por desidia fueron olvidadas.

Prof. Dr. L. Olmos