Editoriales

 EDITORIAL Junio de 2009

Pr. Dr. Fernández Peña

Patología y Clínica Médica, ¡quien te ha visto y quien te ve!

Desde que por RD del 10 de octubre de 1843 se crearan las cátedras de Patología General y Patología y Clínica Médica, estas disciplinas han sido consideradas en España y con todos los derechos, como asignaturas reinas en el currículo de los estudios de medicina. Como bien saben todos los médicos, la primera se ocupa del estudio de la etiología general,  fisiopatología, semiología y propedéutica clínica, ocupándose la segunda del estudio monográfico de las distintas entidades nosológicas (Patología Médica) vivenciándolas a la cabecera del paciente (Clínica Médica).

Su extenso contenido doctrinal exigía (y debiera exigir) que la asignatura se impartiera durante tres cursos, Médica I, II y III, que solían corresponder al 5º, 6º y 7º curso de la carrera y posteriormente –una vez suprimido el curso selectivo- a los cursos 4º, 5º y 6º, actualmente vigentes. Exigía además, que la clase fuera diaria, incluidos los sábados; solo así se podía transmitir al estudiante los conocimientos básicos de las enfermedades conocidas, incluidas aquellas que no eran habituales en nuestro medio pero que se juzgaba necesario que el médico las conociera por si en algún momento pudieran tener lugar (rickettsiosis, fiebre amarilla, dengue, enfermedad de Chagas, drepanocitosis, cólera, rabia, amebiasis, etc.), como sucedería años más tarde, como consecuencia de los movimientos emigratorios y del turismo.

Para comprender el protagonismo que desempeñaba la Patología y Clínica Médica, basta recordar que cuando, en 1926, Jiménez Díaz se presenta y obtiene la cátedra de Madrid, tiene un programa de 347 lecciones. De igual forma, todos los que en alguna ocasión hemos optado al profesorado de Patología Médica, presentábamos unos programas con alrededor de 300 lecciones, lo cual contrasta con las 25, 30 o 40 lecciones que ocupan actualmente los programas de cada una de las distintas especialidades médicas, plazas convocadas- para mayor INRI- con ciertos perfiles, que huelen a endogamia (solo una parte de la especialidad, plaza para un determinado hospital, etc.) y en las que se valora sobre todo “el alto impacto de las publicaciones”, marginándose si el opositor dispone de capacidad docente y experiencia clínica, demostrada mediante pruebas prácticas.

Ser profesor  de Patología y Clínica Médica (y también de Patología General) constituía la máxima meta a la que podía aspirar el profesional de la medicina. Son numerosos los profesores de Patología General y  Médica que han  colmado de prestigio a la medicina española; basta recordar entre otros a León Corral y Maestro, Amalio Gimeno, Letamendi, Madinaveitia, Jacobo Elizagaray, Misael Bañuelos, Roberto Nóvoa Santos, Gregorio Marañón, Agustín Pedro Pons, Carlos Jiménez Díaz, E. de Salamanca, A. del Cañizo, José Casas, Farreras Valentí, etc. (nombres sorprendentemente desconocidos por la mayoría de las nuevas generaciones de médicos)

El acceso al profesorado mediante el criticado método de oposiciones permitía, sin duda, que algunos ineptos accedieran al cargo de catedrático pero, al ser público, también permitía que conociéramos donde está cada uno y con que méritos. Lo que fallaba no era el sistema, sino las personas que constituían los tribunales, cuyas frivolidades bien pudieron ser controladas

El catedrático titular de la asignatura, sus dos o tres profesores adjuntos, y algún profesor auxiliar  o ayudante, explicaban la totalidad del programa con una visión integradora y un concepto unitario del enfermar, método sumamente útil para el estudiante de pre-grado, nunca superado por otras alternativas. En general se utilizaba como método docente la palabra y la pizarra, y como complemento iconográfico ( a veces como “chuleta”) algunas diapositivas elaboradas artesanalmente y basadas la mayoría de ellas en la experiencia personal. Lógicamente no podía suceder lo que en varias ocasiones hemos contemplado en clases basadas en transparencias o bellas imágenes proporcionadas por el “cañón-ordenador”, pero que “si se va la luz, se acabó la clase”. El estudiante de medicina, el médico, recordarían siempre el nombre de los profesores que le iniciaron en el conocimiento de las entidades morbosas (en la actualidad es frecuente que los ya graduados no recuerden el nombre del profesor que les explicó la asignatura).

La enseñanza clínica tenía lugar alrededor de un enfermo (no sentados en un despacho analizando las historias clínicas o viendo en el ordenador las exploraciones complementarias), siendo lo habitual que la visita clínica durase una o dos horas y que el profesor (catedrático, adjunto, médico interno o ayudante) fuera acompañado de estudiantes (alumnos internos y asistentes voluntarios) y colaboradores;  incluso los sábados y algún festivo se pasaba visita. 

Durante las dos últimas décadas, y como consecuencia de ignorancia e irresponsabilidad legislativa, la Patología Médica ha perdido  injustamente el protagonismo que antaño tuvo y lo ha hecho en pro de otras asignaturas de menor o nulo peso específico en el currículo de Medicina. Ya no se trata de una asignatura de enseñanza diaria, ahora se explica dos horas por semana, como si de oftalmología u “otorrino” se tratara. Ahora es el profesor de una determinada especialidad el que reivindica su protagonismo marginando al internista, de quien piensa que sabe poco, dado el extraordinario desarrollo de la medicina, pero olvidando lo que tantas veces hemos oído, que los especialistas saben mucho de muy poco, lo cual puede ser eficaz para el postgrado pero poco útil para el estudiante de pregrado. La mayoría de las clases son impartidas por especialistas, repartiéndose las lecciones entre distintos colaboradores (cada profesor especialista y “experto en los temas de su programa” , no explica más de cuatro o cinco lecciones cada curso), por lo que el alumno olvida pronto  el nombre de quien ha impartido la clase. Con este sistema, “el líder”, que a mi juicio es necesario para formar escuela y para que funcione un equipo, está a punto de desaparecer, si es que ya no ha desaparecido. Actualmente la enseñanza práctica corre a cargo de los profesores asociados, con horario poco concreto (¿tres horas semanales?), mal remunerados y en bastantes casos con dudosa vocación docente. El alumno se apoya preferentemente en los residentes, cuya experiencia resulta lógicamente limitada.

La pérdida de protagonismo de la Patología y Clínica Médica en el currículo de la medicina, constituye, a nuestro juicio, un gran disparate que es preciso subsanar con la máxima urgencia. Se nos ocurren algunas medidas:

1.- Recuperar en los planes de estudio el protagonismo de la Patología General y la Patología Médica y en consecuencia de sus profesores (en la Facultad de Medicina de la UCM quedamos “media docena” y no se convocan plazas con este perfil). Los profesores con perfil de especialidad no quedarían marginados pues colaborarían en la enseñanza del pregrado y serían protagonistas exclusivos del postgrado.

2.- Recuperar la figura del médico Interno y/o profesor de clases prácticas (ambos dentro de la carrera docente), de donde procederían los futuros profesores titulares y catedráticos, a través de concurso-oposición con prueba práctica. No sobraría crear la figura de profesor de Clínica Médica (profesor titular y catedrático) para aquellos profesionales que hayan demostrado experiencia clínica, capacidad docente y sensibilidad científica, aunque no hayan publicado en “revistas de alto impacto”. ¿De qué sirve que un profesor disponga de seis sexenios de investigación, si no le conocen los alumnos, ni sabe actuar - por poner un ejemplo- ante un cólico nefrítico en paciente con síndrome mieloproliferativo, un abdomen agudo, un diabético con hipertensión arterial, obesidad, insuficiencia renal, amiloidosis y cardiopatía isquémica , un síndrome anémico con ferritinemia elevada  o un anciano con hiponatremia?

3.- Exigencia obligatoria de examen práctico en las asignaturas clínicas.

4.- Modificar las pruebas MIR en el sentido de exigir aptitudes clínicas, lo cual obligará al estudiante a acudir con mayor frecuencia e interés a las salas clínicas y menos a las bibliotecas para “subrayar la letra pequeña del Harrison”.

5.- Somos partidarios de establecer distintas categorías entre los diversos hospitales, estableciéndose los hospitales acreditados como universitarios, como el máximo objetivo a alcanzar en la carrera docente y asistencial. No debieran ser considerados iguales los jefes de sección en un hospital comarcal que en un “complejo hospitalario”  concertado con una Universidad. Tal vez sea preciso establecer organigramas peculiares en los hospitales universitarios. No parece lógico que un catedrático de medicina, sea considerado asistencialmente como un simple facultativo especialista de área ( FEA), como viene sucediendo.

Esperamos del relevo generacional (que no se programó y dudo que  exista, al menos, con el mismo grado de información y formación de muchos de los profesores actuales), de los escasos profesores de Patología General y Patología y Clínica Médica que aún superviven, que pueda congratularse en el futuro, de que ambas asignaturas ocupen en el currículo de los estudios de medicina, el protagonismo que antaño tuvo y que en justicia le corresponde.

F.Pérez Peña
Prof.Titular de Patología y Clínica Médica
Hospital Clínico de San Carlos
Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid
- 1 de octubre de 2007 -