Editoriales

 EDITORIAL Octubre de 2003

Prof. Dr. Fernando  Pérez Peña
Madrid, agosto de 1989

Palabras perdidas
(Editado por Ediciones Doce Calles, S.L., Madrid 2002) 

RESPONSABILIDAD DE LA UNIVERSIDAD EN LA ACTUAL CRISIS DE LA MEDICINA

Parte 1

 

Al constituir los estudios de Medicina una disciplina universitaria, la Universidad -a través de la Facultad de Medicina- adquiere máxima responsabilidad en el modelo de médico que ofrece a la Sociedad, e indirectamente, en la forma y eficacia del ejercicio profesional (por lo que difícilmente podrá eludir la parte que la corresponde -para bien o para mal- en la actual asistencia sanitaria médica de los ciudadanos). 

De todos es conocido que el ejercicio profesional de la medicina atraviesa actualmente, una profunda crisis que genera malestar general en el colectivo médico y consecuencias negativas para la Sociedad. Es posible que se encuentren satisfechos aquéllos que, habiendo realizado sus estudios con notable mediocridad, hayan alcanzado por razones extra-profesionales, cargos ejecutivos que jamás habían soñado en virtud de sus curricula; acaso también, aquéllos que ostentando brillantes curricula -en virtud del Espíritu Santo- y conocedores de su valía, desempeñan silenciosamente cargos de alta responsabilidad, excesivamente remunerados para la función que realizan. 

Conozco jóvenes médicos que, ante el triste panorama del paro profesional, se conforman con realizar cada año dos o tres sustituciones «de lo que sea», y tal vez lograr un contrato eventual de seis meses.  También los hay, que habiendo superado las engañosas pruebas MIR, se encuentran equivocadamente satisfechos (dentro de su «neo-corporativismo») por recibir un sueldo inferior al que obtiene un trabajador no cualificado, y además por realizar casi el doble de horas de trabajo. 

Sin embargo, la generalidad de los médicos se encuentran profesionalmente insatisfechos (sea cual fuere el sector en el que ejercen su profesión). Así contemplamos a diario conflictividad en la medicina rural, ambulatorios, médicos militares, hospitalarios, docentes (profesores numerarios y asociados), etc. Resulta obvio, que los treinta mil médicos en paro no están precisamente dando gracias a Dios por haber elegido en su día, la ciencia de Esculapio. 

¿Y por qué están profesionalmente insatisfechos?. La Universidad debe saberlo para así poder subsanar lo que esté en su mano. 

Pienso que al margen de no poder ejercer adecuadamente la profesión, filosófica y oficialmente liberal, los médicos están insatisfechos (sobre todo) porque no observan un reconocimiento social a la labor que realizan, ni remuneración adecuada a su alta cualificación y responsabilidad asumida, y porque además, se ven obligados a ejercerla en un marco deshumanizado, donde priman más parámetros burocráticos, estadísticos o económicos, que la propia calidad del acto médico; y donde además, no se permite al ciudadano ejercer su derecho moral y constitucional de libre elección de facultativo.

Ante esta insatisfacción, el colectivo médico ha ensayado y agotado diversas estrategias encaminadas a hacer comprender a la Administración, que ninguna reforma sanitaria será eficaz si no logra simultáneamente, el asentimiento y bienestar del colectivo sanitario. Al mismo tiempo y desde hace varios años, algunos profesores de medicina vienen reclamando a la Universidad, que no deje escapar de su seno la facultad universitaria de enseñar medicina, puesto que la condición de médico no debe exigir tan solo conocimiento de una profesión, sino también la formación humana y humanística propia de un universitario, que es realmente lo que la sociedad espera de él.

Se ha llegado incluso a situaciones indeseables de huelga médica y/o de docentes médicos sin obtener resultados satisfactorios, tal vez porque la Administración, consciente o inconscientemente, ha sabido impedir la temida unión de médicos, estableciendo «cisuras» en base a que los intereses serían diferentes dependiendo de la edad del médico o del lugar donde ejerciera, olvidándose de que la esencia del acto médico siempre es la misma, cuando se tiene asumido el clásico juramento hipocrático (o si se quiere, la reciente Declaración de Edimburgo). Pero probablemente, la Administración conozca que muchos médicos y/o docentes médicos, «pasan» tanto del referido juramento, como del compromiso de Edimburgo, siendo capaces de dar prioridad a intereses socio-políticos o económicos, antes que a la atención al paciente, surgiendo así, la referida división del colectivo médico. Cabe recordar aquí, que el enfermo perdona al médico muchas cosas, incluso errores, cuando es consciente de que éste dedica su atención a su enfermedad, pero cuando sospecha que está más atento a otros intereses, téngase por seguro que surgirá el conflicto.

Y en esta situación, se me ocurre que toda la culpa de la insatisfacción médica, no resida exclusivamente en la Administración, sino también, al menos en parte, en la «fábrica de los médicos», en la Facultad de Medicina, en la Universidad, permitiendo que salgan de sus aulas, médicos que jamás debieron serlo, médicos con una escala de valores invertida en relación con lo que acontecía hace dos décadas, donde la atención al enfermo resultaba prioritaria sobre otros intereses (aunque a la par se recibiera gran consideración social y en ocasiones satisfactoria compensación económica). No peco de atrevimiento si afirmo que con frecuencia se sale de la Facultad sin la preparación práctica adecuada, sin una vocación firmemente cristalizada -el joven postgraduado será radiólogo, ginecólogo, anestesista, etc., dependiendo no de su vocación, sino de la oferta laboral impuesta-, y lo que resulta más grave, sin la imprescindible formación universitaria. Surgen así, profesionales deficitariamente formados, sin criterio propio, y humanísticamente, una pena. En estas condiciones, difícilmente puede alcanzarse una satisfactoria sanidad, ejerciendo cada uno lo que no deseaba, y mucho menos realizando un acto médico medianamente humano.