Editoriales

 EDITORIAL Mayo de 2001 

Prof. Luis Olmos

Departamento de Dermatología de la Universidad Complutense de Madrid

VEINTE AÑOS YA

 NECROLÓGICA     
Prof. Dr. José Cabré Piera (1933-1981)

 

 

¡Veinte años ya¡. Veinte años hace ya que se murió el profesor Cabré, Don José Cabré Piera, catedrático de Dermatología a los 31 años, Decano a los 36 y Rector a los 42.

 Sin duda es ley de vida el olvido, el leve recuerdo, y para los jóvenes el desconocimiento del pasado, pero para los que le conocimos, la ley se hace difícil de cumplir, no solo por las altas responsabilidades, a edades tan tempranas, que desempeñó sino porque en la Dermato-venereología echamos de menos “su verdadera personalidad humana, cargada de capacidad intelectual y de dinamismo, pero cargada más aún de emotividad”.

Se dice muy a menudo que la enseñanza es un arte, y en parte con razón, porque el profesor reconocido tiene en común con el artista la intuición, la aptitud para la comunicación y la invención. Toda comunicación de enseñanza tiene carácter de sugestión que compromete a la totalidad de la personalidad del enseñante y que, en el mejor de los casos, provoca completamente la adhesión de la personalidad del alumno. Este era el gran secreto del profesor Cabré, tenía intuición, invención y lograba la receptividad del alumno, comprometiendo toda su personalidad, con esa gran paciencia que se necesita para conservar a los buenos y estimular, al mismo tiempo,  a los mediocres. Sus discípulos eran amigos y, como tales, con toda libertad de expresión, mantenía la igualdad de dignidad que suscita el recíproco deseo de comunicación y el respeto de las competencias de cada uno.

Semejante labor, más fácil de decir que de hacer, solamente es comprensible con cualidades tan excepcionales como las del profesor Cabré:

  • Sabia cultivar el don de la simpatía y de apertura al otro

  • Cuidaba el contacto, evitando toda reacción de defensa

  • Establecía claramente la realidad del presente

  • Adaptaba su enseñanza al nivel del alumno o del grupo

  • Acogía lo bueno y lo mediocre, lo positivo y lo negativo, el éxito y el fracaso con perfecta objetividad y sin sorpresas

  • Su conocida capacidad de observación le permitía atender al mismo tiempo al conjunto de discípulos que a cada uno de ellos

  • Distinguía con rapidez inigualable el discípulo excepcional del corriente

  • En fin, no era dogmático.

Con estas bases no era muy difícil que nos enseñara muchas cosas, y aunque no todas las aprendimos por igual, la semilla fue sembrada. Nos enseñó que la Dermatología es una especialidad que forma parte de un espacio tan amplio como la Medicina y precisa establecer estrechos contactos con otras especialidades, afirmando su propio valor al aceptar el de las otras. Que cada especialista debe ser consciente de que su análisis propio aborda el estudio, desde un determinado aspecto, pero no puede pretender agotarle no reducirle. Que el dermatólogo debe poseer, además de su necesaria especialización, una cultura médica general que le permita ver más allá de su horizonte personal. A la tentación de encerrarse debe oponerse una apertura, único medio de evitar el cientismo absurdo y preservar la posibilidad de uniones y disensiones entre disciplinas vecinas o distantes. Que la Dermatología tiene su propio método, su procedimiento, pero que es necesario adaptarle constantemente a un procedimiento general porque, como parte de la Medicina, no tiene otra unidad que su finalidad: responder a las necesidades y angustias del hombre enfermo. Que si la Dermatología debe afirmar  su valor aceptando el de otras especialidades, esta condición es recíproca y, por tanto, no es concebible una supeditación a otras ramas.

Y nos enseñó Dermatología. Una Dermatología sin encasillamientos, sin ruindad, sin desprecio. Todo lo que fuese útil para prever o curar la enfermedad cutánea era aceptado sin discriminación. No le interesaban los prejuicios, los dogmas, su interés estaba en el resultado.

Respetuoso del pasado, conocía a la perfección la historia dermatológica y nunca perdía la ocasión de recordarla, sembrándola de sabrosas anécdotas que estimulaban la atención y la curiosidad de los que le escuchábamos. Pocos de sus discípulos no saben que el Hospital de San Luis fue fundado por Enrique IV, que Hebra fue el iniciador de la yernocracia dermatológica, que el primer enfermo de micosis fungoide se llamaba Lucas y era jardinero y tantas y tantas referencias que su prodigiosa memoria repartía sin ninguna restricción.

Sus descripciones clínicas eran metódicas, ordenadas, fotográficas, comparativas y curiosas. Esa curiosidad le permitía ver cambios morfológicos insignificantes que, con rapidez meteórica, le recordaba imágenes vistas diez o quince años antes, con tal claridad que podría repetir detalle por detalle no solo la historia del enfermo, sino hasta el color de los calcetines que llevaba. Una memoria visual tan prodigiosa, como puede imaginarse, era un arma de valor insuperable para hacer el diagnóstico clínico, sobre todo cuando además le ayudaba la memoria auditiva que le hacía recordar palabra por palabra los comentarios del entonces su maestro.

Por eso y por su profundo conocimiento del dolor humano, el enfermo era el sujeto más respetado por él. Era norma en su consulta el siguiente orden de atención: primero los enfermos, después los delegados de laboratorios y por último los amigos. Sabía que cada enfermo que veía era un ejemplo más de dermatosis que serviría para poder estudiar a los sucesivos.. El secreto estaba en recordar todo lo que se ve, por insignificante que sea, porque solo se diagnostica lo que se sabe.

Pero su idea de la Dermatología no se limitaba a las descripciones y al diagnóstico clínico, porque en ese caso no eran dermatólogos, sino dermatógrafos, lo que criticaba, con buen humor, burlándose de los descubridores de nuevos síndromes que asocian la sintomatología más rara, con el ejemplo de un liquen plano asociado a una rosacea con una mujer que además montaba en bicicleta. Había que explicar el mecanismo de producción de la dermatosis, y es aquí donde practicaba todo el conjunto de la Medicina. Para él, repito, no había prejuicios, todo estaba enlazado y conexionado y todo era importante. Si un simple detalle inmunológico o histopatológico no explicaba toda la enfermedad, podía servir para explicar otros detalles más importantes, y así entre todas las observaciones construir ese difícil edificio que permita comprender el porqué y el cómo de la enfermedad.

Tenía un gran concepto del estructuralismo y cualquier pieza en el rompecabezas tenía importancia, por lo que exigía al dermatólogo el conocerla, viniera de donde viniera, pediatría, cardiología, inmunología, etc., y, sobre todo, saber colocarla, que para él era la base del método propio de la Dermatología. Aceptaba las interrelaciones con otras especialidades, para colmar el vacío de reconocimiento, pero no aceptaba que el encaje de la Dermatología no fuese hecho por el dermatólogo.

Por eso también era partidario de conocer varias escuelas, porque sabía muy bien no sólo que hay enfermedades geográficas, sino que las interpretaciones y conexiones de la fisiopatología pueden hacerse por caminos diferentes para llegar al mismo resultado, pero cuantos más mecanismos se conozcan mayor posibilidad hay de situar las piezas en la correspondiente casilla o en último caso de descubrir el error personal. Su experiencia  le hacía recordar los muchos elogios que cada uno se prodiga en su propio país, en su Servicio, en su casa, y siempre decía: “Si quieres conocerte hazte extranjero”.

Este concepto tan amplio de nuestra profesión era su gran arma. Le obligaba a estar en constante expectativa, pero también obligaba a los que le seguíamos a un constante esfuerzo de observación, de curiosidad e inquietud, porque era autorizada para mantener la autoridad sin autoritarismo. Nunca oí hablar al profesor Cabré como jefe, siempre como amigo, o, al menos, como igual. Nunca preguntaba, siempre dialogaba, pero en ese dialogo su superioridad, en cualquier tema, era tan marcada que, sin reproches, ni órdenes, se podía comprender que el jefe y maestro era él; y si se quería ser digno no había más solución que trabajar, leer y escuchar, para que la próxima vez nuestra ignorancia no fuese tan marcada. Esta técnica es muy sutil, porque al mismo tiempo que enseña, estimula y humilla, pero no está al alcance más que de privilegiados como él, que junto a sus cualidades intelectuales tenía una extraordinaria habilidad y elegancia para dirigir las conversaciones.

Nosotros, sus discípulos, conocíamos su capacidad de charlista, tuvimos el privilegio de escucharle muchas horas derrochando ingenio , humor, recuerdos, amenidad, cultura y ciencia, pero sobre todo educación. En este país, donde el que hable más fuerte se cree más sabio, el que sea más estridente riendo es el más gracioso, y donde se habla con ideas fugaces introducidas sin orden ni concierto, el profesor Cabré era un modelo de armonía, de entonación, de continuidad en la idea y de respeto por el oyente. En este país donde se sustituye fácilmente la corrección por la falsa campechanía y un saludo corriente es darse un puñetazo diciendo: “¿qué hay macho?”, o incluso en nuestra profesión se oye sin dificultad tutear al enfermo que se ve por primera vez, el profesor Cabré contrastaba por su elegancia. Nunca olvidaba el saludo, y aunque tuviese mucha confianza, sus peticiones siempre se acompañaban del “por favor”, “serí tan amable”, etc. Este comportamiento era particularmente apreciado por los enfermos, que, prácticamente todos, eran admiradores de su delicadeza para preguntar su paciencia para escuchar y su generosidad para ayudarles.

Ninguno, ninguno de sus discípulos puede negar esa generosidad; todos nos aprovechamos de ella, no sólo en la enseñanza, porque el profesor Cabré no necesitaba administrar su saber, podía decir todo, puesto que de todas formas había muy pocos que podían seguirle y mucho menos superarle, sino incluso material. Era generoso en todo y para todos, enfermos, discípulos, colegas y cuantos a él llegaban, pero con esa generosidad imperceptible que no esperaba a ser pedida ni recompensada. Tanto hablar y tanto observar, llegaba a conocer los pliegues más íntimos de sus próximos y nunca le amedrentó el origen de las necesidades de los demás. Los unos por razones familiares, los otros sociales, los más, intelectuales, pero a todos nos ayudó. No tenía prejuicios, sabía muy bien que no todos los que se habían estancado en los estudios eran malos estudiantes, que no todos los que necesitaban dinero era porque no trabajaban y que no todos los que estaban solos y desamparados era por su incapacidad. El profesor Cabré conocía la vida, sus grandezas y sus necesidades.

Y éste es el colofón de su obra, haber vivido plenamente cada gesto, cada palabra, cada momento, con un ansia infinita de saber y transmitir su saber, sin ampararse en ideas fijas, preconcebidas, comprobando constantemente la realidad  con su propia experiencia.

Todo esto nos enseñó el profesor Cabré, lo que es la Dermatología y cómo debe ser el dermatólogo, que, además de conocer la enfermedad, debe conocer al enfermo, ser paciente, culto, educado y generoso, no sólo con palabras sino con hechos. Cada uno de nosotros lo aprovechamos mejor o peor, pero todos comprobamos lo difícil que era nuestra labor y la suya.

Porque una idea muy generalizada es que el genio lo es por nacimiento, por inspiración. Es verdad que se necesitan unas cualidades innatas, pero también es verdad que no hay genio sin trabajo, sin esfuerzo, y el profesor Cabré, desde su niñez, no hizo más que trabajar y trabajar a un ritmo que muy pocos pueden mantener, No era innata su capacidad para multiplicarse, su habilidad para escribir, hablar y escuchar, temas diferentes  en el mismo instante, su facilidad para hablar en una misma conversación con un inglés, un francés, un alemán y un español en sus respectivas lenguas, como tuve ocasión de comprobar varias veces. Era el constante ejercicio y esfuerzo que desde muy joven se había impuesto.

Era el trabajo, ese trabajo que había llegado hasta el lujo de inventarse técnicas de observación, de lectura, de memoria, etc.. Si era preciso, tenia una magnífica técnica de lectura en diagonal, de contraste de formas y colores en los paisajes, escaparates, etc., comparaciones y reglas mnemotécnicas en los recuerdos. Todo eso no era sólo producto de la naturaleza, también había colaborado su esfuerzo y constante trabajo. Es fácil decir que tenía una memoria y una observación prodigiosa, pero también hay que recordar, por ejemplo, que estuvo obligado a convalidar, en una sola convocatoria, todos los estudios secundarios que había hecho en francés, que cuando fue a Alemania no sabía una palabra de alemán y los primeros meses se pasaba día y noche traduciendo palabra por palabra con su único amigo, el diccionario, que desde los 24 años y durante más de 10 años su vida fue organizada en la soledad y como regalo en el extranjero. Sirvan estos recuerdos como ejemplo del esfuerzo que el profesor Cabré ha tenido que hacer, difíciles de comprender para quien más o menos ha tenido la protección directa , si no de su familia, al menos de su patria y su lengua.

Nadie como él ha conocido las grandezas humanas, pero también a los marcados en los campos de concentración, a los emigrantes, a los ilusos y sobre todo a la soledad y la nostalgia de su patria. Podía comprender a muchas gente, pero sobre todo a los afligidos, a los caminantes, a los que tienen que abandonar lo que aman. Conocía muy bien la canción e la LABORDETA:

Si en algún camino encuentras
Gente con la casa a cuestas
No les hables de su tierra
Que te miraran con rabia

Con rabia en la voz y el viento,
con rabia en sus palabras,
 con la rabia que produce
abandonar lo que se ama

 

Amaba a España, amaba a Cataluña y amaba a Barcelona. Nunca criticaba a los que hacen patria en su tierra, pero defendía con ardor a los que la hacen fuera, porque sabía los amargores y sacrificios que ello conlleva, “sin que nadie escriba sus nombres en las paredes”

Todo esto nos enseño el profesor Cabré, vivir minuto a minuto la Dermatología y la vida. Que su memoria nos sirva de ejemplo porque “lo esencial es invisible a los ojos”

 

Prof. Dr. L. Olmos
Departamento de Dermatología

Universidad Complutense de Madrid