Editoriales

Prof. Dr. L. OLMOS
Profesor Titular de Dermatología de la Universidad Complutense de Madrid
Paris, veinticuatro de Abril de dos mil

PROBLEMAS MÉDICOS
Parte I


Es indiferente que el Señor/a Ministro/a sea Licenciado/a en Medicina y Cirugía o no, lo importante es que él/ella o la mayoría de sus consejeros sean médicos, es decir traten con enfermos, pacientes, usuarios o clientes porque aun así puede encontrarse con un buen número de "trepadores" que olvidan a dicho enfermo pero, al menos, de vez en cuando tienen mala conciencia. Lo ideal es que el Señor/a Ministro/a y sus responsables siempre tengan presente el objetivo principal de la Sanidad: responder a las necesidades y angustias del hombre enfermo, entendiendo como tal no solo los trastornos físicos sino también psiquicos y espirituales, tanto en su dimensión individual como colectiva, sin olvidar que el cuerpo humano no es una mercancia ni para la explotación de las secuencias del genoma ni para la demagogia.

Desde el nacimiento del INSALUD, como Instituto Nacional de Previsión, en la mentalidad de un Señor Ministro del Trabajo de la época, José Antonio Girón de Velasco, se ha pretendido que el mayor problema de la Sanidad es el económico, mirándolo como una desgracia que sabemos necesaria, pero que deseariamos no tener (salvo cuando uno mismo o un proximo tiene necesidad).

Es verdad que el hombre vive con reflejos y si nos dicen que la Sanidad es muy cara nos lo creemos, adquiriendo una mala conciencia, como si algo caro fuera obligatoriamente malo pero, si se suprime el reflejo y se piensa un poco, es normal que la Sanidad y la Enseñanza sea cara, aunque habria que discutir si la improductividad siempre es carestía. Hay que distinguir entre Economista de la Salud y contable, administrador o gerente, porque cualquier Economista sabe que el consumo médico siempre será un consumo terminal y como tal no tiene por qué justificarse.

A pesar de los problemas psicológicos, políticos, económicos y sociales que plantea la revolución técnica en medicina, es una adquisición definitiva y no se puede imaginar que los médicos hagan una marcha atrás y abandonen las técnicas de diagnóstico y de terapéutica eficaces. Una evolución regresiva puede privarles momentaneamente de estos medios pero siempre intentaran volver a tenerlos.

Además, de la misma forma que el objetivo de la Medicina es el hombre enfermo, la única finalidad legítima de la economía es el Bien Estar de los hombres, entendiendo por Bien Estar la satisfación de las necesidades, no solamente materiales, sino las que escapan a la valoración monetaria: la dignidad, la paz, la libertad, la seguridad, la educación, la salud, el ócio, el medio-ambiente, etc. (el orden es aleatorio).

No tiene nada que ver la economía de una fábrica con la de la Salud, aunque poco a poco hasta los médicos llegamos a creernos que gastamos mucho con el enfermo. La Economía Sanitaria no rechaza las estadísticas, los mercados, la geografía, etc. pero rechaza acantonarse en el lenguaje oportunista de cada rama en cada momento, olvidando el objetivo básico de su destino: el ser humano. La Economía de la Salud debe intentar integrar la complejidad de las sociedades humanas, rechazando enunciar leyes estáticas del tipo de las ciencias físicas. Y ahí es donde está el error de la Economía Sanitaria aplicada en España, sus vaivenes a derecha e izquierda sin encontrar el centro, lo que es lógico, porque es lo más difícil.

La Segunda Guerra Mundial produjo suficientes miserias a la Europa desarrollada como para que soñara con la utopía del plan inglés de Beveridge (1942) que buscaba la Protección Social Universal, en la que la Salud Pública fuese un monopolio, donde no fuese necesario estar trabajando porque toda persona debería tener una seguridad desde "la cuna hasta el féretro", aunque fuera el Estado quien financiase los gastos, mediante los impuestos.

José Antonio Girón de Velasco fue más precavido (no era necesario llegar a tanto en un régimen como el suyo) y se limitó a adoptar el sistema alemán de Bismarck para la protección social (1883), ya desechado en toda Europa, en el que todo trabajador tenía protección pagada por él mismo y su empleador, con lo que el Estado no arriesgaba nada.

Desde entonces tenemos otros modelos pero seguimos dudando, porque los Norteamericanos con su inscripción libre a un seguro tienen un 15% del PIB (Producto Interior Bruto) que gastan en los más desfavorecidos, lo que es tan caro como el sistema europeo. Verdaderamente en el sistema Norteamericano, Suizo y otros hace falta ser un país muy rico.

Ninguna política de Salud puede lograr una cobertura universal y una igualdad de trato, estabilizando los gastos, sin combinar la asistencia a los más desfavorecidos, asegurando a los no desfavorecidos y proveyendo para los que quieran garantías más completas y mejor adaptadas a sus necesidades. Estas tres situaciones son inevitables y es en el método para hacerlas viables, ocupándose de los desfavorecidos, haciendo pagar lo necesario a los no desfavorecidos y el exceso a los que tienen preferencias excesivas, donde está el gran reto de la Sanidad, porque los sistemas de Salud son concurrentes pero sus problemas son divergentes.

Consciente de que en los problemas sanitarios la teoría tiene un alto riesgo de incertidumbre y de que de todas formas los gobiernos retienen las teorías y conclusiones de los expertos solamente si estan de acuerdo con sus estrategias electorales, al final es aburrido entrar en discusiones sobre si la Salud es una inversión y fuente económica de crecimiento, interrogante muy olvidada y poco estudiada, si es un bien público o no, si la demanda está inducida por la oferta, siempre aceptado como dogma pero hoy muy discutido, etc., pero, al menos, consideremos si el desequilibrio entre esa oferta y esa demanda es incontrolable.

Cuando hablamos de oferta y demanda hablamos de cantidades y precios pero como en Economía de la Salud los precios siempre son ficticios, el ajuste de los dos parámetros no depende ni del productor ni del comprador de cuidados sanitarios sino de la economía pública, puesto que generalmente dichos cuidados son gratuitos y la remuneración de quien los ofrece proviene de las finanzas públicas, aunque, bien pensado, ni eso es así en ningún país, porque en momentos de bajo presupuesto nacional, por recesión económica, los gastos sanitarios no han disminuido, con lo que la explicación del desequilibrio hay que buscarlo en razones estructurales, normas de rigidez, con defectos de productividad o con multiplicidad de sistemas que se superponen. (continua)