CURSO Capítulo 1

HISTORIA DE LAS ENFERMEDADES
 DE TRANSMISION SEXUAL
 

Parte 1

 X. Sierra Valentí

EDAD ANTIGUA

Las enfermedades de transmisión sexual acompañan a la humanidad desde los tiempos más remotos. En los completos papiros médicos egipcios no se encuentran referencias explícitas, aunque algunas frases hacen referencia la leucorrea y las infecciones vaginales, para las que recomiendan irrigaciones.

También tenemos referencias de que conocían los condilomas ("verrugas en partes íntimas"), que trataban con ungüentos a base de puerros. Más abundantes en las referencias son los textos cuneiformes mesopotámicos.  En los que podemos encontrar descripciones de la blenorragia y consejos sobre su tratamiento, que se realizaba mediante la aplicación intrauretral de ungüentos y por la administración de brebajes.

Las alusiones a las ETS son frecuentes en la Biblia y testimonian la extensión de tales afecciones entre los antiguos hebreos. Destaca entre ellos la "zav", blenorragia, que se expone con detalle en el capítulo 15 del Levítico, donde se describe la supuración uretral y se indica que ocasionalmente puede decrecer, mostrando la transición de uretritis aguda a crónica.

En el Levítico aparecen muchas normas higiénicas y preventivas en torno a la blenorragia. El portador de la misma era considerado inmundo y apartado de la comunidad. Cualquier persona que estuviera en contacto con él o con sus ropas y efectos personales debía lavarse con agua, y también lavar sus vestidos, y aún así era considerado inmundo hasta la tarde, en régimen de aislamiento. Estas severas medidas nos inducen a pensar en la prevención de los contagios sexuales, como la oftalmia gonocócica, por ejemplo.

En el libro de los Números se relata una epidemia que produjo 24.000 muertos entre los hebreos después que éstos fornicaran masivamente con las madianitas, en un rito de consagración a Belfegor.  Algunos autores lo han interpretado como indicio de una ETS o como una treponematosis endémica, como el pian o el bejel.

En el mundo grecorromano abundan las alusiones a las ETS. Heródoto refiere que los escitas, en castigo por haber saqueado el templo de Venus, fueron castigados por la diosa con el "mal de las mujeres"; cosa por otra parte nada sobrenatural, ya que en los templos de Venus las sacerdotisas practicaban la prostitución sagrada. Estrabón, por ejemplo, refiere que el templo de Corinto había más de mil meretrices y también médicos especialistas en curar "enfermedades ocultas".

En los escritos de Galeno, como en los textos babilónicos, se confunde el pus blenorrágico con el semen. A Galeno precisamente se debe el confuso término de "gonorrea" (de γονι, semen y ρεισ, manar), que dio lugar a una confusión que duró hasta Areteo de Capadocia.

En la obra enciclopédica de A.C. Celso (s. 1 d.C.) se refieren a diversas ETS genitales, orales y anales.  Destacan entre ellas la balanopostitis, descrita con todo detalle; la phitiriasis, a la que también alude su coetáneo C. Plinius Secundus; y los condilomas, mencionados también por Scribonius Largus.

Los condilomas acuminados debían ser especialmente frecuentes en Roma, especialmente entre los varones homosexuales, como puede constatarse no sólo en las obras médicas, sino también en las sátiras de Marcial y Juvenal, donde se les alude con el nombre de " higos ". Este nombre de " higos " persistía durante mucho tiempo.  Aún en el siglo XIX los médicos británicos se referían a ellos como "fig warts”, parecidas denominaciones subsistieron en Alemania, Francia y España hasta comienzos de¡ siglo XX.

Los condilomas, en Roma, eran tratados por los cirujanos mediante cauterios al rojo vivo, sin ningún tipo de anestesia.

EDAD MEDIA

En el periodo medieval disminuyen las menciones de ETS, hecho lógico si consideramos la enorme recesión cultural de la época. Sin embargo, a partir del siglo XII algunos tratadistas médicos aluden a tales afecciones, tomando conciencia de su posible contagio. Es el caso de Roger de Palermo, quien señaló que algunas lesiones de los genitales eran infecciosas y que podían contraerse mediante contacto sexual. También su discípulo Guillermo de Saliceto (1210-1277), profesor de Bolonia, les dedicó un capítulo en su "Tratado de Cirugía". En él confirmó la trasmisibilidad de las úlceras genitales e ideó un método preventivo para evitar los contagios.

Tales procedimientos estaban en consonancia con las normas higiénico-preventivas que se estilaban en la época y que hicieron surgir por doquier los tratados de dietética e higiene. Entre estos tratados cabe citar el "Régimen Sanitatis del rey Jaime II", de Arnau de Vilanova, donde se efectúa el diagnóstico diferencial entre los condilomas anales y las hemorroides, con las indicaciones terapéuticas oportunas.

A finales del siglo XIII y comienzos del siglo XIV tiene lugar en Francia e Inglaterra una epidemia de uretritis contagiosa, probablemente gonococia, que se conocía como "arsure". Su principal síntoma era "un calor interno con excoriación de la uretra". Esta enfermedad se extendió considerablemente entre las prostitutas. Este fenómeno, junto con la aceptación general del posible contagio sexual, que como hemos visto estaba plenamente aceptado, tal vez indujeron a la reina Juana I de Provenza a establecer unas normas para el control sanitario de un burdel en la ciudad de Aviñón (1347). Cada sábado, un cirujano-barbero y la patrona del burdel revisaban a las mujeres, y si encontraban a alguna con síntomas sospechosos la separaban. Tal vez sea éste el primer precedente histórico de los controles sanitarios a prostitutas.

LA APARICIÓN DE LA SÍFILIS

Se suele aceptar que a finales del siglo XV se detectaron en Europa los primeros casos de sífilis transmitidos sexualmente. El médico Ruy Díaz de Isla afirmaba que había visto los primeros casos de esta enfermedad en 1493 en Barcelona y supone que fueron los marineros de Colón quienes trajeron el mal desde el Caribe.

Esta opinión ha sido objeto de numerosas controversias y disputas. No ha faltado quien ha querido ver síntomas de la sífilis en el Viejo Mundo antes de esta época, criticando así a quienes aceptan que la sífilis se importó de América tras el Descubrimiento.

Sea como fuere, lo cierto es que a finales del siglo XV surgió en Europa, bruscamente, una enfermedad, no bien conocida hasta entonces y que se transmitía por vía sexual. La epidemia fue de considerable importancia y sus consecuencias inusitadas.

EL "MAL DE NÁPOLES"

Dejando aparte los casos esporádicos a los que alude Ruy Díaz de Isla, podemos considerar que la epidemia de lúes tuvo su gran eclosión a partir de la guerra que en Nápoles libraron los franceses poco después. En efecto, el rey francés Carlos VIII pretendía la corona de este reino. Fernando de Aragón, posteriormente llamado "el Católico" se opuso a tal pretensión, considerándola como una usurpación. Se desencadenó pues una guerra abierta entre franceses y españoles.

Por la parte francesa se reunió en Lyon, en 1494, un poderoso ejército compuesto por mercenarios de toda Europa. Es fácil presumir que algunos de estos últimos podían haber acompañado a Colón en el viaje del Descubrimiento. Cuando el numeroso ejército de Carlos VIII partió hacia Nápoles, le siguió otro, no menos nutrido, de más de 800 rameras, para cubrir las necesidades de la tropa, según se acostumbraba en aquel tiempo. El sitio de Nápoles fue largo y la guerra duró más de dos años, por lo que las posibilidades de contagio se multiplicaron en ambos bandos. Finalmente, un poderoso ejército español, a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado "el Gran Capitán", venció a las huestes francesas, en Fornovo, liberando Nápoles.

Tras la batalla de Fornovo (5 de junio de 1495) empezaron a aparecer casos de una nueva enfermedad, que según Cumano, médico de Carlos VIII comenzaba por unas pequeñas ulceraciones en el prepucio o en el glande. Los desmanes y saqueos de la ciudad de Nápoles, con las múltiples violaciones producidas por la soldadesca, así como el fin de la campaña con la repatriación de las tropas y su dispersión por toda Europa pronto consiguieron la extensión del nuevo mal.

Debido a que apareció acompañando a las tropas francesas, los napolitanos le llamaron “morbo gallico o "mal francés. Naturalmente los franceses no aceptaron de buen grado esta denominación que les relacionaba con una enfermedad "vergonzosa”, por lo que usaron otro nombre, como “mal de Nápoles”.  El aluvión de novedades que traían los españoles tras el descubrimiento de América levantó pronto sospechas de su posible origen americano, por lo que también se le conoció como "mal español”, “mal de Indias o "sarampión indiano”.

Lo cierto es que en la Europa renacentista, en pleno surgimiento de los estados, la guerra de los nombres tomó unas evidentes connotaciones nacionalistas. Así, mientras en Castilla se le llamaba "sarna de los portugueses”, éstos le llamaron "mal de Castilla”. La lúes pasó también a Inglaterra a partir del comercio con la ciudad de Burdeos, por lo que se le denominó "enfermedad de Burdeos”.

LOS PRIMEROS TRATADOS

Los médicos comenzaron a escribir sobre este tema en 1496, es decir al poco tiempo de la aparición de los primeros casos. El alemán Grünpeck publicó un tratado titulado "De pestilentialis scorra sive mala de Frantzos", en el que habla de una nueva enfermerdad.

Poco después Nicola Leoniceno, profesor de medicina en Ferrara, publicó su libro "De morbo gallico", en el que alude incluso a autopsias de sifilíticos y describe por primera vez la hemiplejía luética.  También él cree que se trata de una enfermedad desconocida hasta entonces.

Parecidas opiniones se encuentran en otras obras primerizas, más eruditas y especulativas que prácticas.  Mucho más clínico que los anteriores fue el valenciano Gaspar Torrella, que había sido médico del Papa Borgia (o Borja), Alejandro VI. En 1497 escribió un tratado sobre la lúes, a pesar de que hacía 10 años que no ejercía la medicina, pues había sido nombrado obispo de Santa Justa, en Cerdeña, a instancias del Sumo Pontífice y de su hijo natural, César Borja, probablemente afectos del mal.

Al año siguiente el judío converso zamorano Francisco López de Villalobos escribe el "Sumario de la Medicina, con un tratado sobre las pestíferas bubas". Es una obra curiosa donde las haya, escrita totalmente en verso y de profundo sentido clínico, y en donde se describen múltiples lesiones cutáneas secundarias, así como la presencia de gomas y sifílides y los dolores osteotropos nocturnos.

Finalmente, cabe mencionar otro tratado, el del valenciano Pere Pintor, en el que describe la sífilis con gran profusión de síntomas y un certero punto de vista clínico.

LAS PRIMERAS ESPECULACIONES ETIOLOGICAS

Siguiendo las creencias de la medicina de la Baja Edad Media y del Renacimiento, los principales tratadistas de la época creen que la causa del "morbo gallico" debe buscarse en la influencia de los astros.  Así, Gaspar Torrella, Conradino Gilinus (1497) y Wendelic Kock (1502) lo atribuyen a la confluencia astral, teoría frecuente en las explicaciones etiológicas de aquel tiempo.

Otros médicos quisieron ver en la aparición del nuevo mal un claro castigo divino. La interpretación de toda enfermedad como castigo de Dios es clásica y antigua y goza de gran reputación entre el vulgo, y tanto más en cuanto se empezó a barruntar el contagio sexual y pecaminoso del nuevo mal.

La presunción del contagio sexual no era del todo clara en los primeros años, aunque el inicio de la enfermedad por los genitales lo hizo sospechar a los médicos muy pronto. Por esto no faltó quien relacionó la causa del mal con cópulas de hombre con mono (Jean Laudier) o con caballos afectos de muermo (Van Helmont). Jean Menard lo atribuía al coito de un leproso con una meretriz y Antonio Mussa Brassavole lo relacionaba con una relación sexual con una mujer afecta de una úlcera en la matriz.

Finalmente, no faltaron tergiversaciones e interpretaciones tendenciosas, con claros matices políticos.  Así, Cesalpino atribuía el origen del "mal de Nápoles" a una mezcla que los españoles habían hecho con sangre de leproso y vino para vengarse de los franceses. También G. Fallopio atribuye el origen en el envenenamiento que los napolitanos habrían hecho del agua de los pozos. Finalmente la etiología más fantasiosa fue la propuesta por Fioravanti, que creía que la causa estaba en unas pastas amasadas con carne humana.

EL CONTAGIO

La sífilis se extendió en Europa como un reguero de pólvora. Las tropas de Carlos VIII la llevaron pronto a Francia. En 1495, poco después de la batalla de Fornovo, llegó a Escocia, donde se la denominó "viruela escocesa". En 1497 toda Europa, desde Alemania hasta las costas de Dalmacia, se hallaba infectada.

En 1498, los portugueses a las órdenes de Vasco de Gama realizan expediciones en el Lejano Oriente y llevan la sífilis a Calcuta y Goa primero, y a China y Japón más tarde. En este último país se le conoce como "nambahassam ", es decir el mal de los portugueses.

También llegó la lúes muy pronto a los países del norte de Africa. Los judíos y los musulmanes habían sido recientemente expulsados de los reinos españoles, tras la conquista del reino de Granada.  Numerosas comunidades hispánicas de estas confesiones religiosas se instalaron en el norte de Africa, propagando así el mal.

También el comercio marítimo, floreciente y próspero en aquel momento, extendió pronto la sífilis a los principales puertos. En 1502, cuando comenzó el tráfico de esclavos negros hacia las Antillas, muchos de ellos se contagiaron.

El desconocimiento de los mecanismos de transmisión imposibilitaba las medidas preventivas. Se suponía, en un principio, que al igual que la peste y la fiebre miliar, la lúes se contagiaba por vía aérea.  Nadie sospechaba que en realidad el contagio fuera de origen sexual. Otros atribuyeron la transmisión al aliento. Según cuenta Hume, en 1529, el cardenal Wolsey fue acusado en la Cámara de los Lores de haber trasmitido la sífilis al rey Enrique VIII de Inglaterra, "cuchicheándole en la oreja", a pesar de que el prelado se sabía sifilítico. Aunque el modo de contagio fuese, naturalmente otro bien diferente, parece cierto que el fundador del anglicanismo fue luético. La ulceración crónica que el rey padecía en ambas piernas podía tener esta causa y los retratos de su hija Mary sugieren que ésta pudo contagiarse también. Por otra parte, los continuos esponsales de Enrique VIII, contraídos con la esperanza de engendrar un hijo varón, podían haber sido provocados por una disminución de su fertilidad como consecuencia de su enfermedad.

Las autoridades francesas se alarmaron particularmente al constatar la rapidez de la extensión de la enfermedad. En 1497 se publicó un decreto por el que se amenazaba con la pena de muerte a todo luético que "conversara" con otras personas. Los parisienses sifilíticos fueron aislados en la región de Saint-Germain. Algunos viajeros extranjeros que fueron diagnosticados de lúes al llegar a París, recibieron orden de abandonar la ciudad en 24 horas.

Los escoceses fueron los primeros que descubrieron que la sífilis podía transmitiese por contacto sexual. El mismo año que en París se prohibía a los luéticos "conversar" con el resto de la población, el consejo municipal de Aberdeen decretaba un severo control de la prostitución.  

 

© dermocosmos 2000-2006