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HISTORIA CLÍNICA Y CONDUCTA A SEGUIR ANTE LAS ETS Y SIDA 

Parte 1

L. Olmos Acebes

Por esa formación humana y social que durante siglos ha considerado las relaciones sexuales como conductas que deben silenciarse e ignorarse porque el único objetivo confesable era el de la procreación, las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) y últimamente el SIDA siempre han contenido una carga emotiva muy fuerte cuando por necesidad ha sido necesario explorarlas, para el estudio y tratamiento, por lo que el médico, en estos casos, incluso ahora, necesita una buena dosis de formación, no solo científica, sino también humana.

En esta patología se hacen indispensables preguntas y exploraciones que rozan con la tradicional confidencialidad y respeto del individuo. No es fácil preguntar a una mujer cuando ha tenido las menstruaciones, a pesar de ser un fenómeno completamente fisiológico en su sexo. Cuando ha tenido la ultima relación sexual a pesar de ser un acto voluntario pero también fisiológico, cuantas parejas ha tenido en el último año, por la relación que siempre ha existido entre amor y fidelidad, etc., etc. y por consiguiente no es fácil hacer una Historia Clínica sin tenerla antes prevista y estudiada adecuadamente.

Pero no hay Medicina correctamente hecha sin Historia Clínica o Anamnesis Clínica o Protocolo Clínico o como se quiera llamar en la fase inicial de la relación Médico Enfermo, Médico-Paciente, Médico-Usuario o como se quiera decir, a partir de la cual se hace la Exploración, con lo que tendremos criterios suficientes para solicitar las Pruebas o Análisis Complementarios, necesarios para poder hacer un Diagnóstico Diferencial y después un Diagnóstico Definitivo que nos permita establecer el Tratamiento específico, si lo hay, o el tratamiento sintomático más adecuado que será comprobado mediante el Control posterior.

Esta sistemática es fundamental y obligada, aunque probablemente sería más barato si nos limitásemos a pedir una analítica rutinaria, orientada a los síntomas que el propio paciente nos cita espontáneamente, porque el tiempo empleado sería mucho menor, pero sin duda el diagnóstico sería impreciso y el tratamiento de prueba, aunque se tuviesen buenos resultados, lo que no es prudente ni honesto cuando se trata de un semejante. Siempre se ha intentado reducir el tiempo de dedicación al enfermo, por las cada vez más imperiosas necesidades de ahorro económico, mezclando la economía del libre cambio con la sanitaria o la de educación, lo que no confunden los auténticos expertos en economía, porque eso solo es posible cuando hay un gasto innecesario, es decir cuando se malgasta, no cuando el gasto es necesario, porque sería inmoral. "Es un error malintencionado suponer una antítesis entre medicina científica y asistencia humanizada" (Martínez de Letona).

La historia clínica, es decir, escuchar cuidadosamente al enfermo, realizar una exploración física completada con las técnicas auxiliares, con o sin resonancia magnética, es fundamental en la práctica médica y sin ella no se ahorra, se malgasta, por mucho que sea el salario del tiempo que necesita el médico o la enfermera para hacerla, porque es lo que orienta el diagnóstico y todos sabemos que la mayoría de los pacientes, gracias a Dios, no son complicados, con lo que ni siquiera se necesita corroboración o cuando más exámenes complementarios muy seleccionados.  Se ha pretendido ahorrar con la máquina, viendo el mayor número de enfermos en el menor tiempo posible, pero se ha malgastado, porque ningún médico se responsabiliza de un enfermo sin el tiempo necesario para vislumbrar el diagnóstico y cuando más trata de pasar la responsabilidad a otro, sea analista, radiólogo u otro especialista, con la ingenua esperanza de que el colega tenga mayores posibilidades, haciendo una cadena que ningún economicista ha comprendido.

Evidentemente, sin hacer preguntas y sin humanidad se ahorra personal sanitario y los que se emplean no necesitan mucha vocación, es suficiente que tengan un título sobre el que, en caso de necesidad, responsabilizarse, aunque ese título haya sido obtenido por el estado de necesidad.

El tópico de la necesidad de grandes gestores, porque es conocida la demostrada incapacidad genética de los médicos para administrar u organizar cualquier cosa no tiene ninguna base lógica. Lo lamento mucho, pero para saber que se ha empleado una hora en una operación o en una consulta, que se ha pedido tales o cuales exámenes complementarios o que se ha prescritos estos u otros medicamentos, habituales o extraordinarios, no hace falta ser un genio en economía. Otra cosa es que el conjunto de gastos de un hospital, un área, una comunidad o una nación necesite de grandes gestores, grandes economistas, que critiquen, programen y administren el conjunto, pero como receptores de unas condiciones originadas por la libertad y el buen hacer del experto, porque si no, el personal sanitario debe de dar lo mejor, pero es el gestor quien decide cual es lo mejor, aunque la responsabilidad siempre la tenga el médico, lo que es injusto e inaceptable dado que "no puede permitir la interferencia de motivaciones religiosas, ideológicas, políticas, económicas, de raza, de nacionalidad, sexo o condición social o personal " (Marti Mercadal).

Cuando se pone en duda la capacidad organizadora de un médico, un jefe de sección, un jefe de servicio o un jefe de departamento, se ofende mucho y se priva del más elemental respeto a la iniciativa y a la libertad de acción, malgastando en lugar de ahorrar, entre otras cosas, porque se multiplica la burocracia y se entra en el círculo vicioso de pedir constantes justificaciones, estadísticas, volantes, etc. a quien, en teoría, no sabe organizarse.

Se puede y se debe dar lo mejor a cada enfermo, con el menor gasto posible pero para ello no se pueden separar las dos funciones: científica y gestora, entre otras cosas porque se termina por no valorar las máquinas, los análisis, los medicamentos, puesto que nos los dan y nos los imponen.  Si tengo una resonancia magnética o el láser y no tengo ni idea de los gastos que ocasiona una sola exploración o un tratamiento, no me cuesta ningún trabajo rellenar un papel y pedirlos porque, al menos, el enfermo estará contento cuando se entere que le he prescrito lo último en exploraciones y en tratamientos.  Lo mismo le ocurre al gestor, que valora las máquinas, los análisis, los medicamentos pero no se atreve a negarlos ante situaciones que le parecen científicamente graves, como es el caso del SIDA, los trasplantes, etc., aunque científicamente no esté siempre claro su utilidad.

La gestión clínica, en cualquiera de sus formas, debe ser una forma más de asistencia médica, basada en un correcto diagnóstico y tratamiento, para lo que no se puede eliminar al hombre: ni al enfermo ni al médico y mucho menos a sus conciencias.

   

 

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