LIBROS

 

 

EXILIO Y DEPURACIÓN

(en la Facultad de Medicina de San Carlos)

 

CAPÍTULO 18 

 

 

REFLEXIONES SOBRE EL EXILIO Y DEPURACIÓN.

SU REPERCUSIÓN EN LA FACULTAD DE SAN CARLOS

 

Fernando Pérez Peña

Profesor Titular de Patología y Clínica Médica de la Facultad de Medicina de Madrid

 

 

 

Un análisis objetivo sobre el exilio de los profesores de San Carlos -basado en documentos oficiales, no en simples especulaciones derivadas de referencias oídas a unos y otros1, permite obtener algunas conclusiones radicalmente opuestas a las que vienen diciéndose como oficiales. No entendemos que la verdad haya sido silenciada durante varias décadas, muchas veces de forma voluntaria, por cierto grado de complicidad o por temor a no obtener prebendas académicas o poder político.

 

Tiene interés recordar que en la Facultad de Medicina de San Carlos, existía desde mucho antes de proclamarse la 2a República, grupos de poder que se servían de su situación ventajosa para lograr intereses personales y poder nombrar al profesorado no siempre por sus méritos profesionales (recuérdese entre otros, los casos de Blas Cabrera Sánchez, Manuel Rivas Cherif, Germán García García, etc.). El grupo más importante estaba consti­tuido fundamentalmente por Teófilo Hernando, Gustavo Pittaluga, José Sánchez-Covisa, Juan Negrín y Manuel Márquez, a quienes se arrimarían -sobre todo a partir de la procla­mación de la República- sin gran disimulo, Gregorio Marañón, Jiménez Díaz, Bejarano, Torre Blanco, Grande Covián, Rafael Méndez, etc.

 

Resulta curioso y prueba evidente de mimetismo, cómo la mayoría de los colaboradores de los catedráticos citados (Terapéutica, Parasitología, Dermatología, Fisiología y Oftalmología), decían pensar ideológicamente igual que sus Maestros, incluso algunos de ellos, actuaron de forma más radical. Para un observador imparcial, daba la sensación de que los colaboradores de las Cátedras de Enrique Súñer (Pediatría) o de E. de Salamanca (Patología Médica), todos eran de "derechas", mientras que los de las cátedras de Sánchez­Covisa (Dermatología), Manuel Márquez (Oftalmología), Teófilo Hernando (Terapéutica) o Juan Negrín (Fisiología), todos eran como mínimo socialistas o republicanos. Ninguno aparentaba ser comunista. Cabe deducir que a la hora de los nombramientos se tenía en cuenta la ideología política de los candidatos, si no cómo explicar tal homogeneidad de comportamientos según la cátedra que se tratase.

 

Puede afirmarse que en la Facultad de San Carlos, la mayoría de los profesores exiliados que gozaban de mayor prestigio (Jiménez Díaz, Teófilo Hernando, Gregorio Marañón entre otros) y pese a estar algunos implicados en actividades políticas, se reintegraron prontamente a la España autoritaria del General Franco (olvidando todos ellos su talante liberal y republicano), donde dispusieron de suficientes condiciones para su desarrollo científico y enriquecimiento económico con la profesión, sin que pueda excluirse en algunos casos, la existencia de cierta manipulación política por parte del Gobierno de Franco, y cierto olvido por muchos de ellos del concepto de dignidad humana. Los que optaron por el exilio definitivo (Juan Negrín, J. Sánchez-Covisa, Pittaluga, Manuel Márquez, Rafael Méndez, Bejarano, entre otros) asumían haber participado activamente con hechos o de palabra a favor del Gobierno del Frente Popular y prefirieron no arriesgarse al veredicto del Tribunal Depurador

 

La mayoría de ellos se exiliaron, no tras la guerra civil como malintencionadamente viene señalándose (atribuyendo con ello la culpa al General Franco), sino que lo hicieron durante los primeros meses del alzamiento militar. En septiembre de 1936, pocos pensaban que el pronunciamiento militar tuviera éxito, y sin embargo, por estas fechas tuvieron lugar los exilios más comentados. Solo estaría justificado tan precoz exilio, en aquellos profesores que no habiéndose identificado políticamente, se sintieran equidistantes de ambos bandos (los hombres de la 3a España, simbolizados por Salvador de Madariaga) e incapaces de vivir en una sociedad dirigida por autoritarismos de uno u otro signo.

 

El exilio de un grupo de profesores de San Carlos tuvo lugar simplemente "por miedo" y porque su situación económica les permitía hacerlo. De igual forma, muchos de los que regresaron a España, también lo hicieron porque no tenían más remedio, al agotarse en el extranjero sus medios económicos y tener en España además de su familia, golosos bienes y un excelente medio de vivir2. La mayoría sufriría de amnesia de sus ideologías políticas anteriores.

 

Por miedo, porque habiendo presumido a partir de la Dictadura de Primo de Rivera, de ser hombres "intelectuales, liberales y progresistas" (en una sociedad donde ese talante constituía la moda, tal vez impuesta por las sociedades secretas -masonería-), "chocaron" en febrero de 1936, con el triunfo de un Frente Popular (que más tarde sería irresponsable­mente armado por el Gobierno republicano) que presumiría de las efigies de Stalin y Lenin instaladas en los arcos de la Puerta de Alcalá de Madrid. De un Frente Popular, que le importaba un bledo "las cisuras" que se iniciaban en la unidad de España, merced a los movimientos de las comunidades vasca y catalana, capaces de venderse al mejor postor, aunque la ideología de este fuera contraria al sentimiento de sus propios pueblos. ¿Cómo un católico catalán, vasco o castellano puede apoyar a un gobierno agnóstico y comunista?

 

Miedo, porque estos progresistas liberales que solo lo eran de forma ocasional, demagógica y transitoria, (como muchos de ellos lo demostrarían viviendo años más tarde en la sociedad franquista), temían ser juzgados de su "frivolidad" por el probable vencedor de la contienda, el bando nacional, donde la anarquía y la milicia improvisada, brillaba por su ausencia, y donde se gritaba ¡Viva España! y no ¡Viva Rusia!, copiando expresiones de Gregario Marañón, uno de los más notables exiliados. También es verdad que algunos de ellos regresarían a España, porque en Europa se iniciaba la II Guerra Mundial.

 

Estos intelectuales (grandísimos muchos de ellos: Ortega y Gaset, Marañón, Pérez de Ayala, etc. etc.) algunos de forma inconsciente, otros por narcisismo y protagonismo, y todos ellos amparados por unos mediocres políticos dominados por la masonería o el comunismo (Azaña, Largo Caballero, Martínez Barrios, José Giral, Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá Zamora, Juan Negrín, etc. etc.) "hicieron un daño histórico", no solo al concepto de República, sino a toda España. Todos ellos fueron los que hicieron protagonista al General Franco en la historia contemporánea de España. Ellos fueron (junto a la estrategia de los Frentes Populares3) los auténticos "parteros" de Franco, como señala Marañón en sus obras completas (Tomo IV).

 

En algún texto hemos leído, que "en la historia de España, pocas veces el pueblo ha seguido las directrices emanadas del intelectual o científico, pero cuando ello ha tenido lugar, y lo tuvo en el primer tercio de este siglo, precisamente cuando existía una sociedad con altísimo porcentaje de analfabetismo, esta se dejó influenciar por ellos (por los progresistas de "boquilla"), y existiendo un terreno abonado por políticos de tercera división, que en su mayoría, lucían "el delantal de la masonería", el resultado fue la gran tragedia de una Guerra Civil, que pudiendo terminar en meses, lo hizo en tres años, merced a la "intelectualidad y cientifismo" de un ilustre profesor de San Carlos, el catedrático de Fisiología Juan Negrín.

 

Cabe también preguntarse, a propósito de los profesores transitoriamente exiliados en Francia (con la excepción hecha de los que tuvieran en sus conciencias delitos de sangre y que lógicamente no volverían), si los que regresaron a la España de Franco, lo hubieran hecho también de no haberse iniciado la II Guerra Mundial e invadido Hitler casi toda Europa. Lo lógico hubiera sido, que con tantos intelectuales "liberales y progresistas" (que colaboraron en San Carlos con el Frente Popular) más de uno (solo lo hizo Planelles Ripoll), hubiera marchado hacia la URSS, para disfrutar sus "excelentes logros".

 

Por jugar con la imaginación, también cabe preguntarse cual hubiera sido el comportamiento de algunos profesores que permanecieron en Francia exiliados, si hubiera vencido Hitler, repugnándole a uno pensar, que algunos de esos "liberales", hubieran llevado orgullosamente sobre su pecho la cruz gamada, circunstancia no improbable, pues algunos de ellos acudirían poco tiempo después a la Plaza de Oriente para aclamar a Franco.

 

Es necesario dejar constancia -por muy impopular que ello resulte-, que la depuración política que tuvo lugar tras la guerra civil, no fue un fenómeno que pueda atribuirse exclusivamente al régimen autoritario del General Franco, pues existió durante la 2ª República, antes de la sublevación militar, y también iniciada esta, en la zona bajo control del gobierno constitucional republicano. Y ello sin existir todavía "vencedores y vencidos" en virtud de un conflicto armado, sino con un gobierno derivado de las urnas pero en el que no se respetaba la libertad de expresión.

 

Quitar a uno y poner a otro en su lugar sin justificación razonable, no debe considerarse una circunstancia atribuible exclusivamente al franquismo, pues tuvo lugar también durante la República, y si me aprietan un poco, sucede también en la actual democracia utilizando procedimientos diferentes pero con el mismo objetivo. No le quitan a uno el cargo, pero impiden que lo ocupe quien lo merece, colocando previamente a otro en su lugar.

 

La depuración política resulta siempre un fenómeno no deseado y nos gustaría que nunca justificado, pero no por ello no esperado cuando deriva de un conflicto entre dos partes, que para dialogar emplean la violencia en vez de las palabras. En esta forma de proceder es donde tienen responsabilidad aquellos políticos e intelectuales empeñados en fomentar la intolerancia, el odio, el resentimiento y la venganza. Como señala recientemente Cesar Alonso de los Ríos, "detrás de la fachada idealista de algunas personalidades modélicas, se han ido descubriendo debilidades, imposturas y dependencias políticas". Entre estos "pensadores" y salvadores de la Patria se encuentran muchas figuras sacralizadas por el simple hecho de haber pertenecido al bando perdedor.

 

Pero para que el conflicto entre dos partes no se resuelva por la violencia (en vez del diálogo), se precisa una sociedad cívicamente educada, y la española del primer tercio del siglo XX no lo estaba, por mucho que se haya alabado el proyecto educacional de la ILE (que dicho sea de paso tuvo tiempo para hacerlo, pues inició sus andaduras en 1876).

 

 

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¿Qué hubiera sucedido en Abril de 1939 en la Facultad de San Carlos (y en toda la sociedad española), con un claustro en su mayoría partidario de que venciera el alzamiento militar, si fracasado este, se hubiera consolidado el gobierno del Frente Popular? ¿Le queda a alguien la duda de que como mal menor hubieran sido depurados políticamente sus profesores, muchos de los cuales ya lo habían sido al ser apartados de sus cargos? Recuérdese que algunos dirigentes socialistas habían afirmado en público: "y si no vencemos en las urnas, a vencer en la calle"; y que habían intentado en 1934, derrocar el gobierno constitucional de la República. Puede deducirse que, como sucede en todo conflicto bélico, los vencedores se imponen a los vencidos.

 

Javier Tussel, señala recientemente en un desafortunado artículo, que "los vencidos habían perdido cualquier derecho y que había trabajos que les eran vedados parcial o totalmente"; Esta apreciación, a nuestro juicio no es objetiva, pues olvida o silencia, que tal circunstancia también tuvo y tiene lugar en democracias consolidadas incluida la de España, con los afiliados a un partido político que no se encuentra gobernando, o con un simple ciudadano que sintiéndose verdaderamente independiente, nunca se afilió a un partido político, sindicato, asociación religiosa o sociedad secreta.

 

Es cierto que el único presunto delito de algunos profesores de San Carlos residía en haberles sorprendido el alzamiento militar en una u otra zona del conflicto bélico sin haber participado en política, permaneciendo en ella por conveniencias personales (como dijera Santiago Carrillo "hay personas que comen lo que les echen") o por convicciones ideológicas. Pero también lo es que algunos, olvidando su vocación docente, participaron activamente en política, tal vez con el objetivo de defender sus privilegios; con esta actitud, arrojando leña al fuego, actuaron de pirómanos exigiendo después que fueran considerados bomberos.

 

No faltaron jóvenes profesores idealistas, con gran vehemencia y escasa reflexión intelectual, que" hasta que no probaron los percebes, no cayeron en la cuenta de que en un régimen marxista, no existirían tales crustáceos para todos". Y lógicamente se olvidarían de Marx, Lenin, Stalin y Cia.

 

Contrariamente a lo que con frecuencia se dice, los profesores que en 1936 gozaban de mayor prestigio docente y científico en el claustro de San Carlos (con dos o tres excepciones), huyeron del Frente Popular, no de Franco.

 

El por qué lo hicieron resulta otro cantar. Algunos deberían haber comprendido que de haber decidido permanecer en España, no debían temer por sus vidas. Pero teniendo sus dudas, optaron por utilizar estrategias vergonzantes. Entendemos que es preciso vivir la triste situación para poder valorar cual hubieran sido nuestras respuestas y en consecuencia nuestras conductas, pero de lo que no cabe duda es que, ante el mismo tenso ambiente, existieron comportamientos, unos más ejemplares que otros. Por poner un ejemplo ajeno al campo de la medicina, no son comparables las conductas seguidas por Julián Besteiro o Claudio Sánchez Albornoz, con las posturas adoptadas por Manuel Azaña o Juan Negrín.

 

Y es que la guerra civil puso al descubierto la auténtica personalidad de muchos de los profesores de San Carlos, que con sus comportamientos provocaron la desgracia de todos, pero concretamente de una generación de jóvenes médicos que vieron como quedaba abortado su prometedor futuro, viéndose obligados a seguir senderos nunca pensados que en muchos casos condujeron a dramas y frustraciones. Por ello, no debiera extrañar que tras la guerra existieran muchas personas que pensaban que las ideologías deben respetarse, pero sin olvidar los comportamientos.

 

Contemplados en su conjunto, podemos observar como los profesores de San Carlos, adoptaron diversos modelos de comportamientos doliéndonos que el de algunos -por ser espejo en el que deberían mirarse muchos discípulos y punto de referencia a seguir por la sociedad- haya resultado contradictorio con la escala de valores que de ellos cupiera esperar. Por ello, no cabe menos que preguntamos, si a la hora de realizar las estatuas de nuestros artistas y científicos, no procedería antes, diferenciar los valores profesionales y científicos, de aquellos que realmente dignifican la persona y son meritorios de ser recordados.

 

Hubo profesores con gran prestigio científico y profesional, que siendo en el fondo apolíticos, se arrimaron -por defender su posición- al árbol que creyeron daba la mejor sombra, equivocándose en su elección.

 

Unos pocos, se destacaron por mostrar su adhesión al Frente Popular, convencidos ideológicamente. Gran número de ellos hicieron lo mismo adhiriéndose al llamado Movimiento Nacional. Ambos grupos merecen nuestro respeto, pues fueron valientes y coherentes con sus ideas, lo cual no significa que en todos los casos aprobemos sus comportamientos. No faltaron quienes se adhirieron al Frente Popular pensando que el Alzamiento militar fracasaría en pocos días.

 

Profesores hubo, que habiéndose identificado inicialmente con el Gobierno del Frente Popular, pronto se desencantaron por los atropellos al orden social, decidiendo exiliarse por miedo a sus propios correligionarios.

 

No faltaron profesores rastreros, aduladores y cobardes, sin autoridad pero con poder, dispuestos a servir a cualquier amo y comer lo que les echasen.

 

La Facultad de Medicina de Madrid proporcionó el mayor contingente de profesores exiliados a Méjico, donde contarían con la ayuda del General Lázaro Cárdenas, entonces Presidente de la República y con los fondos económicos -no hay que olvidarlo- allí depositados y administrados en buena parte por José Puche Álvarez, el que fuera por breve tiempo Prof. Auxiliar de San Carlos y Rector de la Universidad de Valencia durante la guerra civil. En Méjico se crearon laboratorios químico-farmacéuticos con fondos del SERE. Según Vicente Llorens, dichos laboratorios (cuyo personal técnico y directivo era español) dio ocupación a varios exiliados médicos, farmacéuticos o químicos y alguno de ellos seguiría funcionando hasta 1967.

 

Otros países elegidos para el exilio, por los profesores de San Carlos, fueron Argentina, Venezuela, Puerto Rico, Panamá, Cuba, Colombia, Uruguay, Francia y Estados Unidos. Curiosamente a la Unión Soviética, solo se exilió Planelles Ripoll. 

 

Antes de la guerra civil, existían en la Facultad de San Carlos alrededor de 375 docentes, de los cuales hemos seleccionado 367 expedientes personales y de depuración que corresponden a 28 catedráticos y 339 docentes no numerarios, que nos permite conocer con cierta aproximación, cual fue la trayectoria y suerte de cada profesor, durante y después de la guerra civil. Nos ocupamos también del comportamiento seguido por ocho catedráticos de otras facultades, que poco tiempo antes habían sido profesores de San Carlos. De todos ellos, se exiliaron definitivamente 52 profesores (14,16 % del claustro analizado), de los cuales solo 5 (de un total de 28) eran catedráticos (J. Sánchez-Covisa, Gustavo Pittaluga, Manuel Márquez, Juan Negrín y Mayoral), correspondiendo el resto (47 docentes) a Auxiliares y Ayudantes

 

Primera conclusión, llama la atención que porcentualmente el número de profesores no numerarios exiliados definitivamente, supera al de catedráticos encontrándose entre estos, el que había sido Jefe del Gobierno (Juan Negrín), Manuel Márquez (Decano durante el periodo "rojo" y catedrático de Oftalmología), José Sánchez-Covisa (Director del Hospital de San Carlos, durante el "Gobierno rojo"), Pittaluga (catedrático de Parasitología, Diputado durante la República y perteneciente a la Masonería). Curiosamente la mayoría de los no numerarios que se exiliaron estaban adscritos a las cátedras de profesores exiliados, con la excepción de los catedráticos de Patología Quirúrgica4. Debe resaltarse que J. Sánchez-Covisa, dos días antes de huir (7 de noviembre de 1936) y en una clara muestra de endogamia, prorroga en sus cargos a siete de sus colaboradores de los cuales solamente de uno (Sánchez Carbonero) tenemos constancia de que fuera rehabilitado en su cargo sin sanción, y de otro (Manuel Hombría) de que fuera sancionado. El resto (Castro Cantalapiedra, Enterria Gainza, Ferrer Yagüe, Serviliano Pineda y Luis Vallejo Vallejo) figura entre el grupo de profesores no numerarios que desconocemos cual fue su trayectoria aunque es probable que se exiliaran o no solicitaran el reingreso en la Facultad.

 

Entre los catedráticos que transitoriamente se exiliaron, figuran Jiménez Díaz, Marañón, Mañés, Varela Radío y Teófilo Hernando; todos ellos regresarían a la España franquista, sufriendo tres de ellos (Mañés, Hernando, Varela Radío), sanción importante tras ser depurados políticamente, siendo absueltos sorpresivamente C. Jiménez Díaz y G. Marañón, existiendo evidencias de que lo fueron por decisión política del aparato franquista a los efectos de propaganda del régimen recién instaurado y con el visto bueno de los referidos profesores, quienes "habían olvidado las ideas liberales" de las que con énfasis hicieran uso, durante el periodo prebélico".

 

Entre los profesores no numerarios, se exilió de forma relativamente transitoria (9 años) Gonzalo Rodríguez Lafora, quien tras una dubitativa conducta y tras permanecer en Méjico, decidió regresar a la España gobernada por un régimen autoritario. También lo hizo Sacristán (quien regresaría a la zona franquista) y Bastos Ansart, quien optó por volver a la España republicana.

 

De los 367 claustrales de la Facultad de Medicina del año 1936 (excluidos los definitivamente exiliados), solamente fueron depurados con diversa sanción, 25 profesores (6.81 %) de los cuales 8 eran Catedráticos (Mañés, Varela Radío, Teófilo Hernando, Francisco Tello, León Cardenal, José Casas, Agustín del Cañizo, Trobo y Landette) y el resto no numerarios.

 

El total de exiliados de forma definitiva, más los depurados con sanción, ascienden a la cifra de 77 profesores, es decir un 21 %, lo cual permite deducir que el 79 % del claustro de medicina estaba a favor del régimen de Franco. Sin embargo, aunque la amplia mayoría del claustro podía ser considerada como pertenecientes a "la derecha", la Junta de Facultad estaba constituida mayoritariamente por profesores que se identificaban con "la izquierda". Una minoría de izquierdas, con el apoyo de algunos "profesores ambiguos", dirigía un claustro de derechas.

 

Llama la atención que las Cátedras a las que estaban adscritos correspondían por orden de frecuencia a Fisiología (10), Patología Quirúrgica -Cardenal y Estella- (10), Odontología (8), Histología (6), Patología General (6), Ginecología (5), Anatomía (4), Terapéutica (4), Dermatología (4) Oftalmología (4), ORL (4), Radiología (4) Parasitología (3), Endocrinología (2), Medicina Legal (2), Patología Médica -Jiménez Díaz- (1).

 

Es decir, en la Facultad, la mitad de las cátedras aportó exiliados y sancionados.

 

Existían pues, dos grupos, "dos Españas" en el propio claustro de San Carlos. Precisamente, la mayoría de los exiliados y depurados, serían señalados por sus compañeros de claustro (cuando realizaron la Declaración Jurada en 1939) como elementos "izquierdistas".

 

Tal vez tenga interés conocer, que tras la guerra civil, fueron 98 profesores los que serían nominados por sus propios compañeros de Facultad como elementos identificados con el Frente Popular. Los 25 que ocuparon el primer puesto fueron: con 26 nominaciones, Juan Negrín; con 25, J. Sánchez-Covisa; con 19, Teófilo Hernando y Manuel Márquez; con 16 Bejarano, con 15 Estanislao Lluesma, con 11 Gustavo Pittaluga, con 10, Manuel Medina y Rafael Méndez, con 7, Rafael Fraile, Rafael Resa y Manuel Tamames Ratero; con 6, Sanchís Perpiñá, Varela Radío y Herrera Bollo; con 5, Díaz Sarasola, Rivas Cherif, Francisco Tello, León Cardenal y Torre Blanco; con 4, Vega Díaz y G. Marañón; y con 3 nominaciones ex-equo, José Casas, Serviliano Pineda, Gómez Camba, Herraiz Serrano, Bernardino Landete, Mario Sancho Ruiz-Zorrilla (fusilado), Pérez Marín, Capella, Pedro de la Barreda, Rodríguez Pérez, Julián Fernández y Pedro Ara.

 

Nominados un par de veces lo fueron, entre otros, Miguel Piedra (fusilado), Luis Fanjul (exiliado), Herrero Benítez (inhabilitado a perpetuidad por el Colegio de Médicos), Trobo (Inhabilitado durante varios años), Jiménez Díaz (absuelto), García del Real (inhabi­litado para cargos directivos), Rodríguez Puchol (¿prisión?), Rodríguez Olleros (exilio), Delgado Cibaja (inhabilitado), etc.

 

Todavía serían etiquetados "levemente" -con una sola denominación- como izquierdistas, Pérez Cirera (exiliado), Calvelo (fusilado), Bastos Ansart (Prisión), Rof Carballo, Planelles Ripoll (exiliado a Rusia), Grande Covián (inhabilitado durante cuatro años), Carlos Villamil (fusilado)5, Guzmán West (exiliado), Santiago Villanueva (exiliado), etc. hasta un total de 98 profesores. La mayoría de ellos estaban adscritos a las Cátedras de Patología Quirúrgica (Cardena] y Estella), Dermatología (J. Sánchez-Covisa), Oftalmología (Manuel Márquez), Terapéutica (Teófilo Hernando), Histología y A. Patológica (Francisco Tello) y Fisiología (Juan Negrín).

 

Los depurados con sanción más trascendente fueron José Casas, Mañés, Trobo, Landette y Teófilo Hernando, puesto que Varela Radío, Cardenal y Tello estaban próximos a ser jubilados.

 

Pensamos que el Tribunal Depurador fue especialmente injusto con José Casas y Francisco Tello y "excesivamente benévolo" -en relación con los anteriores- con Jiménez Díaz, Gregorio Marañón y Pedro Ara.

 

Debe resaltarse que Enrique Suñer, el tantas veces acusado como el máximo respon­sable de las depuraciones, fallecería en mayo de 1941, por lo que no cabe atribuirle responsabilidad en los veredictos de los expedientes de Teófilo Hernando, Gregorio Marañón, Manuel Márquez, Trobo, Mañés y Francisco Tello, entre otros.

 

Las sanciones que tras la depuración política tuvieron lugar, tras el regreso a España de aquellos que se exiliaron al inicio de la guerra, recayeron sobre todo sobre profesores cuya conducta resultó ser un tanto ambigua o que se habían identificado ocasionalmente con el Frente Popular, siendo cierto que no se utilizó la misma vara para medir idénticas responsabilidades políticas.

 

Desgraciadamente, existe evidencia y documentación acreditativa de que al menos seis profesores de San Carlos fueron fusilados: Sadí de Buen (Auxiliar de parasitología -Prof. Pittaluga-), al comienzo de la guerra en Sevilla; Adolfo Fernández Gómez (Ayudante de Patología Médica -Prof. Cañizo-) en Madrid, el 27 de noviembre de 1940; Antonio Álvarez Fernández (Ayudante de Patología Médica -prof. Cañizo-), Mario Sancho Ruiz­Zorrilla (Ayudante de Radiología de la Cátedra de Ginecología -Prof. Recasens, Prof. Población-), en Madrid, el 12 de julio de 1939; Manuel Calvelo López (Ayudante de Patología General), en Galicia, el 31 de diciembre de 1936, y Carlos Villamil Artiarch (Médico Interno de Patología Quirúrgica -Prof. Estella-) en Oviedo, el 16 de febrero de 1938.

 

Todos ellos pertenecían al profesorado no numerario que era considerado como "izquierdistas" por la mayoría del claustro. Cuatro de ellos no habían cumplido los treinta años.

 

Luis Morilla Uña, Ayudante de Obstetricia y Ginecología (Prof. Varela), quien había logrado la Cátedra de Santiago en octubre de 1935, se suicidaría en Galicia, el 5 de enero de 1937.

 

Bastos Ansart sufrió prisión y también la padeció Rodríguez Puchol.

 

 

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Aunque probablemente resulte impopular, no debemos silenciar la impresión personal de que los profesores (que lo fueron de San Carlos) que tras la guerra civil optaron por el exilio, aportaron escasa contribución científica (al menos con repercusión internacional), con la excepción de Rafael Méndez e Isaac Costero. La obra científica atribuida a Juan Negrín, se realizó con anterioridad a 1931. Lo mismo cabe decir referente a Gustavo Pittaluga, J. Sánchez-Covisa, Manuel Márquez, Mayoral, Rodríguez Lafora, y otros muchos profesores no numerarios, pese a que siendo en España, simples Ayudantes o Auxiliares, desempeñaran en sus lugares de exilio, cargos de máximo rango. Ha quedado demostrado que Severo Ochoa, se hubiera exiliado aunque no hubiera tenido lugar nuestra guerra fratricida.

 

Sin menospreciar a los anteriormente citados (Jiménez Díaz en cierta ocasión dijera, que en San Carlos nadie podía enseñarle nada), debemos recordar que en la España franquista -por distintas razones- quedaron entre otros profesores, G. Marañón, Jiménez Díaz, García Tapia, Gay Prieto, Palanca, Laureano Olivares, León Cardenal, Francisco Tello, Fernando de Castro, nombres todos ellos con prestigio internacional y con aportación profesional y científica superior a la que realizaran los profesores exiliados con las excep­ciones ya señaladas.

 

Una parte del claustro de San Carlos apostó por una carta. Unos ganaron la partida y otros la perdieron. Los que de verdad no jugaban, pudieron constituir la tercera España, pero probablemente les faltó valor.

 

Después de la guerra civil, junto a los profesores últimamente citados, el claustro de Medicina contaría con Agustín del Cañizo y E. de Salamanca (nadie puede dudar de su prestigio como docente y clínico) quien sería nombrado Decano de una Facultad sometida a influencias políticas derivadas de los vencedores de la contienda. En esta primera etapa, la Falange y el nacional-catolicismo, adquieren protagonismo que se traduce sobre todo en la elección de los nuevos profesores. Pronto tomarían el mando la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y el Opus Dei, contemplándose una progresiva presencia de profesores relacionados con estas asociaciones, circunstancia que pensamos persiste en la actualidad. La existencia de organizaciones que funcionando sin transparencia pública, han generado vínculos de disciplina u obediencia dejando a un lado los objetivos institucionales de la Facultad, ha sido una constante en la vida académica de la Facultad de Medicina.

 

Terminamos señalando, que comportamientos similares a los habidos en la Facultad de Medicina de San Carlos durante la guerra Civil, los hemos contemplado en numerosas ocasiones en tiempos relativamente recientes, salvando las distancias y la existencia de un grave alzamiento militar ante el Gobierno Constitucional de la República.


Algunos historiadores que han tratado el tema del exilio, dan la sensación de que nunca consultaron y analizaron personalmente los expedientes de depuración política, limitándose a transcribir las opiniones que les interesaban, aportadas por otros, o las tesis oficiales que con frecuencia resultan erróneas.

Recuérdese la carta de Ramón Pérez Ayala dirigida a Marañón en abril de 1939 (El Cultural de El Mundo, 4 de abril de 2001), en la que reflexionando sobre volver a España, decía que "el problema para algunos es poder. Con una Cátedra, con una Clínica, con profesión cotizada, resulta factible, pero con una sola pluma como utensilio de producción, resulta mucho más difícil".

3 Según Leo Ferraro, en el VII Congreso de la Komintern, se acordó la estrategia de los Frentes Populares (la conquista democrática del poder en Occidente, mediante la coalición electoral de comunistas, socialistas y republicanos "progresistas"), expuesta por el Presidente George Dimitrow, masón búlgaro. El Frente Popular de Francia lo acaudillaba León Blum y el de España, Largo Caballero, que entonces tenía relaciones amorosas con una joven judía, hija de Margarita Nelken, diputada socialista durante toda la 2ª República.

4 A los profesores de cirugía (imprescindibles en un conflicto bélico), les resultaría difícil el exilio o incluso pasarse a zona nacional, pues estaban sometidos a mayor vigilancia.

5 Resulta triste constatar, que fueran fusilados algunos jóvenes y modestos profesores no numerarios (probablemente víctimas de su vehemente e inmadura juventud), que apenas se destacaron como "izquierdistas", mientras que otros profesores de mayor prestigio y con mayor participación política, soportaron como mucho, un relativamente confortable exilio, o un regreso a España que les facilitó el éxito profesional y económico.

 


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